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El Dilema del Trabajador Francés

05/05/2017

Este artículo apareció originalmente en Bez.es el día 4 de mayo de 2017. Puede consultarse en:http://www.bez.es/393651678/dilema-trabajador-frances.html

Las cartas están sobre la mesa, ya tenemos dos candidatos a la presidencia francesa que se batirán en duelo el próximo 7 de mayo. Por un lado, el exministro de economía Macron, políticamente continuista del gobierno saliente y por otro lado la “outsider” ultranacionalista Le Pen. Normalmente este tipo de anuncios de candidatos suelen adjetivarse ideológicamente, emplazándolos en un continuum izquierda-derecha. Sin embargo, en este caso, claramente diferente a las convocatorias anteriores donde al menos uno de los dos partidos tradicionales aparecía en la segunda vuelta, esta división izquierda-derecha emborrona más que aclara la cuestión. El propio líder de las juventudes del Frente Nacional exclamaba “La división izquierda-derecha es algo del pasado”.

Tras el cuádruple empate al 20% del pasado domingo, donde el PS se desmoronó con un mínimo histórico de 6%, Fillon pasó demasiado desapercibido y la esperanza anti-establishment por la izquierda de última hora de Mélenchon naufragó finalmente, sólo queda afrontar la realidad y elegir. En un sistema de partidos en horas bajas donde las lealtades partidistas parecen esfumarse, podría pensarse que hay espacio para lo inesperado. Sin embargo, los recientes sondeos sobre la segunda vuelta son bastante claros al respecto: 60/40 en favor del candidato oficialista, proporción únicamente modificable si existe una abstención masiva (por debajo del 50%) que afectaría principalmente a Macron.

Los candidatos no finalistas han tardado poco en hablar: Fillon, Hamon y Hollande han mostrado su apoyo incondicional a Macron, en una suerte de “Frente Republicano” que engloba sensibilidades ideológicas muy dispares. El único candidato con un gesto inteligentemente demarcador ha sido Mélenchon, en las antípodas ideológicas de Le Pen, pero con un programa social y soberanista con semejanzas. Ha decidido no apoyar a ninguno de los dos candidatos, metiéndolos en el mismo saco. Esto es algo especialmente interesante, que como un termómetro nos da indicios de un malestar, pero no nos explica directamente el porqué de ese malestar. Asi pues, ¿por qué un candidato autodenominado antifascista no elige cualquier cosa antes que una candidata proto-fascista? Desde nuestro país, ya se han gritado los primeros “qué hacer” en este sentido , que dejan mucho que desear en cuanto a originalidad y reflexión; unirse a este frente “contra el fascismo”, algo completamente legítimo y coherente desde posiciones progresistas. “Cualquier cosa antes que el fascismo”, aunque eso signifique, como se reprocha lúcidamente en el mismo artículo, votar y apoyar al principal causante de su auge, que podríamos definir nebulosamente como la izquierda socio-liberal establishment globalizadora.

Cuando Macron, el máximo representante de este grupo social, llamado allá jocosamente bo-bo (burgués-bohemio por su cosmopolitismo, corrección política y procedencia social), se personó valientemente en una de las 900 fábricas que él mismo forzó a cerrar y a deslocalizarse, el dilema de los trabajadores franceses se mostró en su cruel realidad. Cinco años más de exactamente lo mismo, un proyecto político agotado que no ataja los problemas económico, cultural, soberanista y de seguridad. Frente a estos problemas propone, en lo económico, la masivamente rechazada Ley del Trabajo; en lo cultural, el statu quo en la cuestión de la inmigración claramente molesto para una mayoría de los trabajadores; en lo soberanista, un mayor avance en la integración europea que implica deslocalizaciones, desindustrialización y precarización; y en la seguridad, el recrudecimiento de las medidas de excepción que ya han causado varios muertos inocentes y multitud de arbitrariedades.

El desenlace acaecido en la fábrica Whirlpool fue claramente la crónica de una muerte anunciada. Macron defendiendo a las empresas y los patrones, con sus medidas que condenan al trabajador francés... delante de los propios trabajadores. La reacción de la plantilla fue la esperada: fue expulsado de un cementerio laboral que él mismo había construido como ministro de economía.

En el campo contrario, Le Pen visitó la misma fábrica unas horas antes, haciendo gala de su inteligencia política. En vez de apelar a la inevitabilidad de las medidas económicas, apeló a los sentimientos, a la identidad. Esta es, probablemente, la lección más importante que nos pueden aportar las bases filosóficas y políticas de la Nueva Derecha: los llamados gramscianos de derecha con Alain de Benoist a la cabeza. Y es que la política no son hechos sino identidad y sentimientos. La racionalidad natural -eje izquierda-derecha- del asunto se descoloca muy rápidamente cuando vemos quien vota a quien, cuando el Frente Nacional se convierte en el representante de los trabajadores. No obstante, si hay un partido que representa a los trabajadores franceses, ese es el de la abstención, como advierte Ernesto Castro. Representar no como un partido de clase tradicional, sino como un partido que es capaz de atraer a los trabajadores franceses con un componente de clase que se le escapa a la izquierda francesa: esa mezcla de soberanismo popular.

Los datos respaldan lo avanzado anteriormente en cuanto al comportamiento electoral de las clases sociales: 24 % entre los parados, 30% entre los empleados y 40% entre los obreros se decantaron por la candidata Marine Le Pen en la primera vuelta frente a los 18, 17 y 13% de Macron. Donde sí triunfó Macron fue entre las profesiones liberales y directivos: 28 y 24% frente a 15 y 17% de Le Pen. Otro dato particularmente llamativo se da, de acuerdo con las primeras encuestas para la segunda vuelta, en los trasvases de votos que se producirán en la segunda vuelta de los candidatos no finalistas a los finalistas. Un importante 20% de los votantes de Mélenchon, segundo candidato entre las clases populares, va a depositar su confianza a Le Pen frente al más lógico 50% que va a apoyar a Macron. De hecho, ya se ha conjeturado en que este caladero de votos sería fundamental para la poco probable victoria del Frente Nacional.

En un país que recordemos tumbó el Referendum de la UE de 2005, donde las coordenadas tradicionales no parecen funcionar a pleno pulmón, parece que se está eligiendo entre lo malo y lo peor desde el punto de vista del trabajador francés. Sin embargo, el problema, como siempre, lo tenemos los “analistas”, los “expertos”. Como bien ha apuntado Slama, el escenario actual no es el “fin de las coordenadas tradicionales”, de la “izquierda-derecha” o de la “lucha de clases”, sino justamente el “estruendoso regreso de la lucha de clases”. Los bandos globalizados y olvidados se han polarizado en un doble eje soberanista-pro-UE e izquierda-derecha que ha confundido a la misma izquierda. “La lucha de clases se ha reinterpretado por la realidad de un nuevo modo”, exclama el politólogo Jacques Sapir.

Y ante este panorama, la estrategia seguida hasta ahora por la izquierda tiene que reinventarse. Castro es tajante: no hay que negar al Frente Nacional, no hay que cerrar filas ni crear un cordón sanitario a su alrededor con esta superioridad moral de la izquierda cool. No hay que votar a Macron como un acto antifascista, que algunos, desde la izquierda, tachan de “voto de clase reaccionario”. Los mecanismos vemos que operan de todas maneras, que Whirlpool es de Le Pen y no de nadie más, lamentablemente.

El voto a Macron es tirar piedras contra el mismo tejado. No se trata sólo de que lo que propone no sea beneficioso para los trabajadores ni de que justamente ahonde en los problemas que hacen surgir al FN. Se trata de que los problemas de raíz, entre los que se encuentra la propia existencia del FN, no tienen solución dentro del marco actual, Mélenchon incluido. Como proyecto rupturista, tiene demasiadas conexiones con el establishment empezando por su líder, y acabando por una maquinaria partidista dividida, sin proyecto ideológico definido y más interesada en gestionar que en transformar. No vale con votar a Macron como muro de contención inevitablemente temporal. Son necesarias mediaciones entre los partidos y la base social que dicen representar, son necesarios recursos culturales y organizativos que sean capaces de luchar contra el FN en el campo de las ideas. No vaya a ser que, paradójicamente, Gramsci sea mejor utilizado por la Nueva Derecha que por la nueva y no tan nueva izquierda.

(Zaragoza, 1993). Estudiante de Ciencias Políticas y Sociología en la Universidad Carlos III de Madrid y en la Universidad de Buenos Aires. Trabajo en una radio comunitaria y como becario en la UC3M.

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