TodЛs somos políticЛs. TodЛs hacemos política.

Marcado en rojo desde el momento en que se convocaron las elecciones: 21 de diciembre de 2017. Las elecciones catalanas "definitivas" tras el referéndum ilegal del 1 de octubre y la aplicación del artículo 155 han arrojado meses de tensión, acusaciones de falta de valores democráticos entre independentistas y los favorables a la permanencia de Cataluña en España y toneladas de encuestas que coincidían en una cosa: la fragmentación del Parlament. Con Junts pel Sí deshecha tras la experiencia de gobierno surgida de las urnas, con el apoyo de las CUP, en 2015, Esquerra Republicana y la lista de Junts Per Catalunya, encabezada por Puigdemont, se han disputado el voto independentista.

El 21-D ha sido "la fecha", la guerra para acabar con todas las guerras. Y, sin embargo, lo realmente importante será lo que ocurra a partir del día 22 de diciembre. Escribo estas líneas cuando el escrutinio aún está avanzando, por lo que los números finales pueden bailar en unos pocos escaños. Sin embargo, hay una cosa clara: un gobierno necesita pactos, y quizás una nueva coalición. ¿Qué forma adoptará? Parece claro que será por la independencia, ¿pero con qué velocidad?

Una de las tesis más interesantes que he leído es la de Ignacio Molina, hablando acerca de "los tres tercios" de Cataluña. Por una parte, los votantes más españolistas, por el otro, los independentistas, y, en el medio, un espacio representado por el PSC y la antigua Unió (la estrategia Iceta) y Catalunya en Comú. En el momento de escribir esto, los tres bloques supondrían, respectivamente, un 30%, un 47% y un 21% del electorado catalán y algo más preocupante: la falta de contacto entre distintas comunidades nacionales. No se trata solamente del voto, sino también de la forma de informarse o las valoraciones de los líderes políticos "del otro lado". Entre los partidos no independentistas, solo Xavier Domènech recibe cierta aprobación por parte de aquellos que apuestan por la República Catalana.

¿Supone esto un proceso de "Belgiquización"? Este país, tras los diversos procesos de reforma estatal sufridos desde los años 50, acabó viendo su sistema político fracturado en regiones políticas y comunidades lingüísticas, con partidos políticos "hermanos" pero diferentes presentándose en cada una de las regiones. Esta división obliga a coaliciones que, por norma general, han incluido a los partidos especulares de cada una de las regiones a la hora de conformar gobierno, regla solo rota en las últimas elecciones de 2014, cuando la N-VA, partido independentista flamenco, entró en el Ejecutivo (André y Depauw, 2015). Tras estos comicios, la gobernabilidad de un territorio dividido podría pasar por la posibilidad de llegar a acuerdos entre fuerzas con distintas identidades nacionales.

Un acuerdo para un gobierno o una coalición es un "acuerdo político incompleto" (Timmermans, 2006) que incorpora diversos tipos de compromisos: claros y difusos. Los primeros ayudan a reducir la desconfianza entre los distintos grupos que dan soporte a ese gobierno, pero también pueden ser más difíciles de implantar, dadas las reacciones de los votantes. Lo contrario ocurre con acuerdos más "procedimentales" y difuminados, consistentes en "apartar los problemas" (como crear una comisión), pero un gobierno no puede sostenerse sobre bases inexistentes. Su formación, por ende, requiere de asumir al menos alguno de los primeros. En este caso, ¿sería la negociación de un referéndum pactado con el Estado en una coalición entre JxCat y ERC?

Existe un problema para la asunción de tal compromiso: las negociaciones de coalición/gobierno en minoría suelen hacerse teniendo en cuenta las posibles fugas de votantes hacia partidos con los que haya solapamiento (Martin y Vanberg, 2003). Sin embargo, en un contexto de polarización y de disputa identitaria, Esquerra y Junts se encuentran inmersos en una carrera por presentarse como el "partido que traerá la independencia" sin incentivos para levantar el pie del acelerador. La necesidad de un tercer partido potencia el rol de la CUP y de Catalunya en Comú, que podrían actuar como facilitador de la investidura de un nuevo President de la Generalitat. Los primeros son el partido de retórica más pro-independencia desde el principio del Procès, por lo que su papel de llave reduce la posibilidd de que se asuma un compromiso más difuso y negociado frente a uno claro y contundente.

Varios factores más se unen para dificultar un acuerdo que contribuya a reducir la tensión y el camino a la Belgiquización: la imposibilidad de un acuerdo por la izquierda entre ERC, PSC y CeC, tal y como se preveía antes de los comicios y el debilitamiento de la figura de Junqueras (y de los líderes de ERC) tras el fracaso electoral. Sin posibilidad de amenazar con un posible gobierno alternativo ni incentivos para moderar la postura, habiendo sido adelantados por la lista de Puigdemont, el problema catalán no se ha resuelto, sino que se mantiene. La coalición del Día de Mañana no parece que vaya a ser muy diferente a la del Mundo de Ayer.

Referencias:

André, A., & Depauw, S. (2015). A Divided Nation? The 2014 Belgian Federal Elections. West European Politics, 38(1), 228-237.

Martin, L. W., & Vanberg, G. (2003). Wasting time? The impact of ideology and size on delay in coalition formation. British Journal of Political Science, 33(2), 323-332.

Timmermans, A. (2006). Standing apart and sitting together: Enforcing coalition agreements in multiparty systems. European Journal of Political Research, 45(2), 263-283.