TodЛs somos políticЛs. TodЛs hacemos política.

¿Qué es el liberalismo? En el último barómetro del CIS, el 12% de los encuestados se definían como liberales, y aunque de entre ellos un 18,7% decían que votarían a Ciudadanos (los autoproclamados “herederos de los liberales de Cádiz”) en unas hipotéticas elecciones generales, el 39,5% votarían a Podemos y sus confluencias, el 15,9% a ERC y el 11,2% al PP. Evidentemente, no ocurriría tal cosa con un conservador o con un socialista, cuya cosmovisión política parece estar mucho más alineada con determinados partidos. El liberalismo es, por tanto, amorfo, multiforme y de difícil definición. De ahí la pregunta que abría el párrafo y que sigue resultando difícil de responder: ¿podemos definir el liberalismo o nos tenemos que conformar con “ser liberales” y aceptarlo como un conjunto de actitudes hacia la vida y la política en lugar de una ideología más o menos estructurada?

Michael Freeden sugiere que cambiemos la perspectiva de nuestro análisis y pasemos a hablar de “liberalismos” en lugar de referirnos a una tradición unívoca. Esta pretensión no es novedosa, porque Guido de Ruggiero en 1925 ya hablaba de la necesidad de “construir” una tradición liberal a partir de ramas diversas de pensamiento que apenas compartían ciertos valores comunes. Así, se agregó a Locke al acervo liberal, algunos llegaron a incluir a Hobbes en tal laico santoral debido a su respeto por el contrato social y su reivindicación del individuo, a pesar de que nunca se le había tenido como tal, y se trató de trazar una línea que llevara desde el Ensayo sobre el Gobierno Civil hasta Adam Smith y los liberales del agitado Siglo XX. Europa era, por aquel entonces, el Continente Oscuro del que hablaba Mazower. Confrontado entre el estalinismo y el auge fascista, los que reivindicaban la democracia liberal buscaban padres fundadores para construir una tradición.

La idea de aceptar varios liberalismos en lugar de una corriente sin desvíos desde la temprana Ilustración casa con el tiempo de paz y victoria, pese a las turbulencias, de las democracias liberales. Sin embargo, precisamente ante esa zozobra, se hace necesario reflexionar sobre sus principales características, su credo y sus posibilidades de cara al futuro. El liberalismo es, para algunos, dominante y plegado a los intereses del capitalismo, mientras que para otros se diluyó por completo al pretender trascender los objetivos de los “clásicos”, (manteniendo al estado a raya y protegiendo los derechos civiles y políticos del ciudadano). Confundido interesadamente con esa amalgama, muchas veces hombre de paja, que es el “neoliberalismo”, a los liberales les cuesta, como defendía exquisitamente Rubén Sáez Carrasco en este artículo, salir del armario político y reivindicar su ideología.

Sin ánimo de realizar un exhaustivo análisis histórico de las raíces de la ideología liberal, tomaré solo una frase de Harold Laski que siempre me ha parecido definitoria de los inicios del arduo camino de la libertad (o, como lo llama Freeden, “el liberalismo como historia es la lucha contra la opresión”) : “la ideología de la destrucción”. Ante un mundo con vestigios feudales y monarcas absolutos, la premisa era derribar e igualar, acabando con las viejas divisiones de clase, los estamentos y los privilegios de los nobles parasitarios y la iglesia. Soberanía nacional frente a la autoridad divina, mérito frente a designaciones por nacimiento y libre comercio donde había habido gremios y proteccionismo. Tras la Revolución Francesa, los cimientos de la Vieja Europa temblaron, y en España los que proclamaron la Constitución de Cádiz dieron nombre al movimiento que se extendería como la pólvora por toda Europa. Metternich y su Santa Alianza consiguieron mantener los grilletes en su sitio, pero 1830 y 1848 supusieron reacciones en cadena que acabaron esparciendo estas ideas desde Portugal hasta Alemania. Liberales y conservadores se enzarzaban ahora en batallas por escuelas, religión y sufragio, en parlamentos aún reservados para una minoría con propiedades.

Aquí es donde radica la crítica de Laski: el momento en que el liberalismo clásico, de origen burgués, vio los privilegios del enemigo demolidos y los suyos asentados, en la sociedad en transformación hacia el primer capitalismo industrial de los ejércitos de pobres y las ciudades llenas de miseria que denunciaron tantos escritores, y decidió detener su cruzada por la libertad para asentarse en el poder. El estado dejó de ser un enemigo para convertirse en un aliado para detener la pujanza de la clase obrera, y los partidos liberales se dividieron al respecto. ¿Aferrarse al mantra del libre mercado o intentar paliar, con algo más que cristiana caridad, el sufrimiento de las masas? Éste fue el final del “primer momento liberal”. A partir de entonces, el debate estaría marcado por la escisión entre aquellos más cercanos a tesis conservadoras y aquellos que empuñaban la bandera radical contra la servidumbre aún existente y en pro de la mejoría de la situación de los obreros.

Por supuesto, esto no implicaba una impugnación completa del sistema, como haría el socialismo, pero sí que se vería fuertemente influenciado por él, y especialmente en el caso británico, donde Stuart Mill primero, y Hobhouse, T.H. Green o Hobson tras él, inaugurarían el “Nuevo liberalismo”. En esta nueva reformulación, el Estado pasaba a ser un aliado en la lucha contra las injusticias y en el desarrollo de la “solidaridad”. La sociedad no se componía ya solamente de hombres egoístas, sino que tenía un diseño orgánico y encaminado a una mayor cooperación en aras de un bien común. Esta concepción convivía con el liberalismo más clásico encarnado por Richard Cobden y la Escuela de Manchester, defensora a ultranza del libre comercio, y haría buena la frase de Croce al respecto: “el liberalismo es la ideología del no dogmatismo”. Tras las guerras mundiales, esa visión neo-liberal pasó al continente a través de la Escuela de Friburgo alemana, y asoció al liberalismo con el estado de bienestar y lo acercó a las tradiciones socialdemócratas y cristianas. Se había producido una escisión clara entre los partidarios de este movimiento y los que aún reivindicaban única y exclusivamente la libertad negativa y la protección frente a un estado cuyo excesivo poder llevaría a un “camino de servidumbre”.

A la luz de lo expuesto, ¿hay una serie de principios que todo liberal deba sostener si quiere serlo?, ¿es lo mismo un liberal que un libertario? Ambas preguntas están conectadas, y mi respuesta es, evidentemente, personal y más que discutible. A mi juicio, y siguiendo el criterio de Rawls en sus Lecciones sobre la Historia de la Filosofía Política, no son lo mismo y, aunque derivan del mismo origen, han derivado en dos cosmovisiones diferentes sobre cómo deben regularse las sociedades, el rol del mercado y, especialmente, su concepción del individuo y del estado. Un libertario desconfía del poder del estado y busca embridarlo, mientras que un liberal cree que puede utilizarse para corregir situaciones de desigualdad. Para el libertario el mercado es el lugar donde se desarrollan interacciones espontáneas que asignan recursos y mejoran la sociedad mucho más eficientemente que cualquier planeador presuntamente racional, mientras que el liberal piensa que sí que podemos actuar desde las instituciones para cambiar las cosas. Y así en tantos otros temas.

Con respecto a la primera, de nuevo se trata de una visión propia y contestable, y que es forzosamente ambigua y extensiva, aunque quizás no tanto como otras clasificaciones. Entre estas incluyo la de Duncan Bell, que dice que será liberal el que se defina como tal y al que otros también consideren así. Se trata, evidentemente, de un intento de evitar las definiciones al estilo de ”República democrática” que no suelen tener más valor democrático que el que se concede a sí mismo el tirano de turno, pero podría derivar en que, por mor del “reconocimiento” de algún grupúsculo, regímenes como el de Augusto Pinochet pudiesen considerarse liberales. Definiciones así aluden exclusivamente al continente y no al contenido de lo ideológico, y aunque pueda ser útil para ideologías de tan amplio espectro, yo prefiero restringir lo que son liberales a aquellos que cumplen tres criterios:

-Defensa del mayor esquema de libertades y derechos posibles para todas las personas.
-Promoción de la “libertad real” para el ejercicio de esos derechos, proporcionando el mayor 
esquema de oportunidades posible para todos los ciudadanos.
-Creencia en la posibilidad de cambio, mejora y de “repensarse” de todos y todas.

Considero que este último punto es especialmente importante para una concepción moderna del liberalismo. Una de las principales críticas contra el mismo ha sido siempre la sensación de anomia, la idea del individuo desarraigado de la sociedad y convertido en un usuario/cliente. El sueño liberal habría de ser, por tanto, un ser sin patria, historia o mitos compartidos, sino simple y llanamente sentido de justicia y capacidad para utilizar la razón como principal instrumento de análisis del mundo. Por supuesto, este Yo desvinculado es un reflejo deformado, que guarda poca relación con la realidad.

Para los liberales, el sueño no es nacer sin contexto, sino poder rebelarse contra él. Replantearse las posiciones ideológicas o morales de uno mismo a la luz de la razón y de nuevas experiencias. Es una lucha por la perfectibilidad, y no la perfección, que choca con teorías deterministas y concepciones estáticas de la naturaleza humana. De hecho, esta última es siempre motivo de disputa: ¿existe?, ¿somos lobos para otros hombres? En mi opinión, siguiendo de nuevo a Berlin, no tenemos una universal, sino una pléyade de ellas, que se construyen y reconstruyen constantemente.

Estos principios que he expuesto, universales como pretenden ser, son, sin embargo, materia de contestación perpetua por parte de otras ideologías. No es de extrañar, pues, al fin y al cabo, vivimos en un mundo presuntamente regido por el liberalismo. El “Orden liberal” es contra el que se rebelan los partidos anti-establishment y potencias como Rusia. Sin embargo, creo necesario distinguir entre dos niveles de liberalismo: el primero, un marco para las relaciones internacionales y la forma óptima de organización de nuestras sociedades (Democracia liberal). El segundo, como una serie de principios a aplicar en esa organización social y una forma de entender el rol del estado y de la política. En el primero de los casos, parece que existe un marco liberal. En el segundo, no hay un consenso sobre ese liberalismo como policy.

Los ataques han venido de todos los flancos: desde la izquierda alternativa, confundiéndolo con el llamado neoliberalismo y acusándolo de haber creado estructuras que constriñen la democracia, sin posibilidad para marcos de pensamiento alternativos. Desde el feminismo, por cuestiones como la aplicación de los principios de justicia exclusivamente a la esfera pública y sin tener en cuenta las situaciones de opresión que se producen en el ámbito privado. Desde el multiculturalismo, por mantener una neutralidad estatal que perpetúa la dominación de la cultura mayoritaria frente a aquellas menos privilegiadas. Desde el libertarianismo, criticando la asociación con el estado, la injusticia subyacente en esta teoría de justicia y el determinismo racional.

Si el liberalismo tiene una ventaja es, precisamente, que ese amorfismo que mencionaba al principio le permite absorber y responder esas críticas con mayor flexibilidad que otras ideologías. El liberalismo puede impugnar su presunta alianza con el capitalismo y defender nuevos modelos de neutralidad liberal, como hace, por ejemplo, Will Kymlicka, para que sean más respetuosos con minorías culturales. Mientras mantenga los principios antes mencionados, será liberal, y dentro de su saco podrá absorber reclamaciones feministas, ecologistas o multiculturales. ¿Devalúa esto su papel de cosmovisión o lo refuerza? A mi juicio, lo segundo, pero abre el camino para un interesante debate sobre los límites de una ideología.

Quisiera concluir con una última disquisición acerca de un reciente, y peligroso, rival para el liberalismo: el populismo. Frente a la sociedad de paz entre clases, de razón y de negociación, el populismo habla del conflicto entre élites y pueblo y de emoción. A la multiplicidad liberal opone la uniformidad en las reclamaciones, la equivalencia de demandas que mencionaba Jorge Galindo. Es una ideología que choca con los principios básicos del liberalismo, y que solo puede aceptar algunas demandas accesorias del mismo: inclusión de sectores más desfavorecidos y más canales de participación para el pueblo. ¿Pero cómo podría el liberalismo aceptar esa división y una sociedad en conflicto permanente?

Mi sorpresa vino al leer Révolution, por Emmanuel Macron, que, en puridad, era un programa electoral ataviado como libro. En él, la última gran esperanza para el liberalismo europeo, el hombre que había derrotado a Le Pen y reivindicado la libertad y la Unión Europea en cada discurso, también se lanzaba a la crítica contra las corruptas élites que habían debilitado a la República Francesa frente al pueblo trabajador. Francia unida, la Francia de la libertad, podría acabar con estos oligarcas y construir un país mejor. Un relato prototípico, pero más propio de otras ideologías. ¿Puede existir, por ende, un populismo liberal?

Mi respuesta intuitiva sería que no. Por su propia esencia, y más allá de sus concepciones sobre la sociedad, el populismo está asociado al mesianismo y el caudillaje. Un líder poderoso, o una vanguardia intelectual, que es capaz de determinar las líneas de conflicto y delimitar el perímetro de quién pertenece a pueblo o a élite. A pesar de su alianza con el estado, el liberalismo debe seguir desconfiando de la acumulación de poder, y nada se presta más a la eliminación de los checks and balances de un sistema democrático que esta combinación. Macron, por tanto, es un liberal que corre el peligro de dejar de serlo, si su presidencia sigue instalada en la hiperpersonalización tan típica de la Quinta República Francesa. Quizás acabe siendo meramente un “Nuevo Republicano”.

A lo largo de este artículo he intentado presentar las líneas maestras de la concepción liberal del individuo y de la organización de la sociedad. Este es un tema que llena libros y libros, por lo que unas 2500 palabras son la nada en comparación con todo aquello que podría decirse. En siguientes artículos profundizaré en el concepto de “neoliberalismo”, en la aparición de nuevos partidos liberales y en el futuro de esta ideología. Cualquier presentación de críticas al liberalismo o de otras ideologías que no se correspondan con la realidad de las mismas es exclusivamente culpa mía, aunque he intentado cumplir la máxima de presentarlas a la mejor luz posible para su debate.


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