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Italia ha sido de los últimos y más sonados países en vivir, el 4 de marzo, unos comicios marcados por el naufragio de la izquierda italiana, el triunfo del Movimiento 5 Estrellas, y la mayoría de escaños de la coalición formada por Lega, Forza Italia, y Fratelli d’Italia, pero sobre todo, la confirmación de la momentánea muerte del europeísmo en uno de los países fundadores del proyecto europeo.

El M5S ha conseguido esa victoria -como partido que se presenta en solitario-, que todas las encuestas predecían con unos resultados muy destacados, aunque no le garantizan el alcance de una mayoría parlamentaria, ni tampoco la gobernabilidad del país. El M5S profesa una transversalidad que llega a abarcar desde las ideas que tenía el Partido Comunista, hasta las que poseía el Movimiento Social Italiano, representante del posfascismo. Esta antipolítica y “fobia” a los partidos como institución, y como mecanismo de canalización de las demandas ciudadanas, han hecho del partido fundado por Beppe Grillo el partido dominante, lo que concuerda con la idea generalizada de los italianos, ya que, según el sondeo anual de La Repubblica, un 49% de los italianos creen que la democracia podría funcionar mejor sin partidos.

El triunfo dentro de la coalición de centro derecha de la Lega, liderada por Matteo Salvini, un partido soberanista italiano, sumado a la mayoría parlamentaria de los partidos euroescépticos, pone en jaque el establishment italiano, y pone de manifiesto el fin de la afección hacia el proyecto europeo.

El Partido Democrático de Renzi, quien dimitió tras los resultados, era el partido europeísta que más posibilidades tenía de dar vida a la idea de Europa por su tradicional tendencia a estar entre los partidos más votados. Sin embargo éste, al igual que el europeísmo en el país, ha perdido fuerza y ha alcanzado resultados, incluso, similares a la Lega, quien sustenta la idea de “Italia para los italianos”. El PD forma parte de esa nueva tercera vía que enarbolan Macron, en Francia, o Ciudadanos, en España, ese social liberalismo que pone en el centro de sus ideas, entre otras cosas, Europa como presente y futuro necesario, y deseable.

Italia, al igual que España, ha sido uno de los países que históricamente han demostrado mayor fidelidad y apego a la idea de Europa y al proyecto integrador (España como problema y Europa como solución, en términos orteguianos). Esto ha sido bien sabido por las instituciones europeas, contando con el apoyo de Italia en propósitos tan ambiciosos como el intento de establecer una Constitución Europea.

La idea de Europa ha jugado un papel muy importante en estas elecciones, y es que el auge de los partidos euroescépticos como Lega y Fratelli d’Italia, la ambigüedad de Forza Italia –en este tema-, o la obtención de la mayoría de votos de un partido soberanista como el Movimiento 5 Estrellas plasman esa tendencia de desafección que ya revelaba el Eurobarómetro, constatando que el apoyo a la Unión Europea había pasado de un 80% en 1991, a un 34% en 2017.

Por otro lado, el último reflejo de este latente euroescepticismo se ha vivido en Hungría, con la victoria del nacionalista Viktor Orbán con casi el 50% de los votos. El propio Orbán afirma que su idea es “defender una Europa nacional y cristiana”. Además, no duda al meter en su saco a Polonia, pidiendo “más respeto para Polonia”. Polonia, otro país gobernado por el euroescepticismo, con Ley y Justicia como partido de Gobierno. País al que ya la Unión Europea ha aplicado el Artículo 7 del TUE por su reforma judicial.

Estados miembros tan vitales y fundamentales para la Unión Europea como Francia, Reino Unido, Alemania o Países Bajos también han experimentado la gripe del euroescepticismo, unos en mayor medida que otros. En Francia tuvimos el cuasi éxito de Marine Le Pen, quien consiguió alcanzar la segunda ronda de las Presidenciales francesas en 2017, consiguiendo un más de un 20% del voto en la primera ronda, y más de 10 millones de votos en la segunda. Alemania, en su caso, padece el paulatino crecimiento de Alternativa para Alemania que se consagró como tercera fuerza del país en las últimas elecciones federales. En Países Bajos también vemos como el euroescéptico Greet Wilders se proclama la segunda fuerza política del país. Y, por último, cómo olvidar el Brexit en Reino Unido.

En 1957, Francia, Bélgica, Países Bajos, Alemania, Luxemburgo e Italia firman el Tratado de Roma con el que se intentaba avanzar en esa unión que dio comienzo con el Tratado de parís en 1951, y que tenía la intención de fomentar la cooperación económica, política y social entre los estados miembros. Actualmente, 60 años más tarde, vemos cómo esos Estados fundadores, y otros socios fundamentales, están sufriendo lo que parece una enfermedad que está afectando al estado de salud de la Unión Europea, en incluso puede estar poniendo en riesgo su vida.

Es cierto que la Unión Europea es un enfermo grave. Sin embargo, es un enfermo que va a salir, no ileso, pero sí recuperado de esa enfermedad. Ha llegado el momento de dar un paso adelante y reforzar el proyecto europeo, y es que la Unión no es perfecta, pues padece déficits democráticos, aquí reflejados, que, con determinadas medidas para corregirlos, podrían hacerla más atractiva, más inclusiva y cercana.

El euroescepticismo enunciado a lo largo del artículo es un reflejo muy importante del descontento con la Unión Europea, pero, ¿hasta qué punto ese euroescepticismo ha puesto en jaque la Unión? Vemos como Le Pen llega a la segunda vuelta de las Presidenciales, pero Macron le termina doblando en votos, en unas elecciones cuyo fondo principal era “Europa sí/Europa no”. Alternativa para Alemania, el Partido Liberal Austríaco, o PVV han conseguido buenos resultados y se han asentado entre las primeras fuerzas políticas, pero siguen sin conseguir ser la hegemonía estatal, en contraposición a los gobiernos de sus respectivos países, liderados por partidos defensores de Europa.

Estados como Hungría o Polonia, donde el euroescepticismo sí es general y mayoritario, son otro debate. Pero lanzo otra pregunta, ¿hasta qué punto necesitamos a Polonia y Hungría en la Unión Europea? La UE es lo suficientemente potente como para prescindir de todo Estado que no se sienta a gusto dentro de nuestras aspiraciones integradoras. Ha llegado el momento de potenciar nuestra Unión, de dotarle de más competencias, de homogeneizar ciertos aspectos dentro de todos los Estados miembros, democratizarla, acercarla al ciudadano y dotarla de mayores métodos ciudadanos deliberativos y de control. Es el momento de la Unión Europea, Europa es nuestro futuro.