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Déjà vu de una huelga feminista

Hace poco más de un año presenté en Suiza mi tesis sobre el componente mediático e ideológico de las huelgas generales que habían organizado, primero en 1991 y después en 2011, las mujeres de ese país para denunciar la desigualdad legal y real que sufrían.

Estamos hablando de un país en el que, por poner algunos ejemplos, el sufragio femenino se legalizó en la mayoría de sus cantones en 1971, y no fue legal en todos hasta 1991. En ese mismo país, las mujeres no se consideraron iguales a los hombres ante la ley hasta 1988, y la violencia física o sexual dentro del matrimonio o de la pareja no fue considerada delito hasta 2004. 2004; asimilen eso un minuto más. Nadie les negará, por lo tanto, que tenían motivos para protestar.

En esa manifestación de 1991, como en la española de este año, se convocó a las mujeres de todo el país a parar su trabajo remunerado y no remunerado durante 24 horas y a congregarse en espacios públicos a modo de manifestación. Esta huelga general de mujeres no era tampoco para las suizas nada nuevo, ya que seguían el modelo de la que había tenido lugar en Islandia casi 20 años antes. Tal fue el éxito de la huelga de las mujeres islandesas, que entre sus repercusiones contó con la elección de la primera mujer como Presidenta del país. Vigdis Finnbogadottir se convirtió así en 1980 no solo en la primera mujer Presidenta de Islandia, sino en la primera mujer del mundo en ser elegida democráticamente como jefa de Estado.

A pesar de ello, en la Suiza de 1991, al igual que en la España actual, la noticia de la manifestación llegó con controversia. En la esfera pública, mientras la gran mayoría de partidos y organizaciones la apoyaba, ciertos partidos conservadores –como el partido cristianodemócrata CVP o el SVP, de extrema derecha– y algún que otro colectivo religioso se posicionaban en contra.

Asimismo, el histórico rechazo de los empresarios a la movilización de sus trabajadores resurgió. Las acciones de los empresarios abarcaron desde la prohibición de sus empleadas a manifestarse (aunque fuera un derecho constitucional) o las amenazas con el despido si asistían, hasta, mediante estrategias de algún tipo enrevesado de psicología inversa, el regalarles flores y bombones. Aun así, parece que ni el mejor chocolate suizo hizo olvidar a aquellas trabajadoras que, entre otras cosas, ganaban por el mismo trabajo casi un tercio menos que sus compañeros varones.

En los medios, ciertas lectoras escandalizadas y temerosas del feminismo afirmaban que huelgas como esa solo eran estrategias de propaganda comunista (recordemos que en 1991 el telón de acero aún no había caído) y que por ello no formarían parte. No obstante, la gran mayoría de mujeres apoyó la huelga. Tanto, que, pasando a la posteridad como la manifestación más concurrida de la historia del país helvético, el 14 de junio de 1991 más de medio millón de madres, abuelas, amas de casa, profesoras, empresarias o incluso monjas decidieron parar la sociedad suiza y hacerse oír.

Y fueron escuchadas. En 2011, cuando se organizó de nuevo una huelga similar, muchas cosas habían cambiado gracias a esa primera manifestación. Aún quedaba un largo camino por delante, pero las mujeres suizas habían conseguido la realización de muchas de sus reivindicaciones. Por aquel entonces, aquellos que no habían apoyado la huelga de 1991 tuvieron que aceptar su derrota ante el implacable transcurso de la historia de los que luchan por sus derechos. Y de esta manera no solo quedaron en la historia del país y en la memoria colectiva como escépticos de la democracia y de los derechos fundamentales, sino que además años después tuvieron que abrazar con la cabeza baja la legitimidad de la lucha por la igualdad.

Este año, 27 años después de la primera huelga suiza, nosotros hemos vivido escenas preocupantemente similares: la oposición de partidos conservadores a la huelga o la consideración de la misma como propaganda comunista por parte de algunos de ellos (aunque en nuestro caso la URSS hace ya más de 20 años que desapareció). Incluso hemos presenciado la repetición de escenas en las que empresarios "comprensivos" regalan rosas y bombones a sus trabajadoras una vez más.

Todos esos sucesos, que en estas últimas semanas me han devuelto a los artículos de periódicos viejos que analizaba hace un año en una sala de la biblioteca de Zúrich, son precisamente por los que hoy pararé y me manifestaré con tantas otras mujeres.

Porque en 2018, una huelga que protesta por la desigualdad de género no debería escandalizar, crear controversia o ser observada con sospecha; la reivindicación de que mujeres y hombres merecen los mismos derechos debería ser bienvenida y apoyada por todos. Y porque el hecho de que España, un país que con tanto orgullo ondea las banderas de la democracia y el progresismo, esté repitiendo una historia que se escribió hace ya 30 años no muy lejos de aquí, es la mejor prueba de que el progreso y la igualdad no vienen por sí solos. Hay que salir a la calle y exigirlos.