Deconstruyendo el Partido Pétreo

Algo se olía cuando entre Viana y la Casa de la Aduana, nobles enclaves del Madrid de los Austrias, volaban entre ministros sendos reproches que llegaron incluso a cuestionar los conocimientos fiscales del titular de Hacienda. Esto ocurría hace un año, pero lo que se aireaba con mayor ligereza durante esa etapa de interinidad venía de muy lejos, trazando el relato de una larga lucha de poder que llegaba justo entonces a un punto crítico. Aprovechando ahora un momento de mayor tranquilidad, engrasado el nuevo ejecutivo y superado el 18º Congreso, es un buen momento para revisar la historia más opaca de la etapa Rajoy, la de los estragos causados por las luchas internas en su gabinete y su partido, e intentar ver qué nos depara esta legislatura, siguiendo en la línea del análisis que hice en un artículo de octubre de 2015 (El cierzo electoral).

Empecemos: noviembre de 2011, pistoletazo de salida a una legislatura con una cómoda mayoría absoluta frente a una incómoda tesitura financiera. Toda victoria electoral es un alivio táctico orgánico, permitiendo acomodar a los diferentes sectores internos a sus cuotas de poder (tanto políticas como funcionariales, pues se da en este caso una transición de la preeminencia del cuerpo de técnicos con Zapatero a la del cuerpo de abogados del Estado) y cerrando filas en torno al líder (el mantra rajoyesco). Pero esto no significa que no existieran divisiones internas: subyacían desencuentros que irían aflorando a medida que la cosa se complicara.
Por un lado, María Dolores de Cospedal, que acababa de ponerse al frente de la Junta de Castilla-La Mancha, estaba siempre atenta al teléfono azul, manteniendo una línea de control directo sobre el organismo y formándose como Secretaria General un cascarón de escuderos encabezados por Martínez Maíllo y González Pons. Por otro lado, la vicepresidenta se encumbraba como la mujer más poderosa de España, tomando la cartera con una determinación y una mano firme que pronto empezaron a generar reticencias en el gabinete; un gabinete cuya composición, como pronto se revelaría, estaba sesgada en su contra: siete de sus miembros serían asiduos de las cenas lúdico-conspiratorias que dieron nombre al G8 (Wert, Cañete, Margallo, Pastor, Soria, Fernández Díaz y, gradualmente, Morenés), un grupo de ministros unidos por longevas trayectorias y amistades, con un enfoque más político y opuesto al tecnocratismo de los sorayos en minoría (Soraya, Montoro, Báñez).

Nótese la influencia minoritaria de la cuota de la familia liberal-aznarista (Gallardón) y de la cuota de Cospedal (podría decirse que la cubría Ana Mato), ambos forzados a dimitir a lo largo de la legislatura, sustituidos respectivamente por Catalá (que acabó completando el G8) y Alonso (un hombre de tendencia sorayista), bloqueándose el poder de estos dos sectores en decadencia. Esta primera legislatura estuvo claramente dominada por el G8, convertido en contrapunto estratégico del carácter pausado del presidente, un grupúsculo dispuesto a jalearlo en los momentos clave; mientras, el capital de Soraya iba disminuyendo, tocando fondo con una crisis transitoria en que se proyectó una imagen de peligroso desencuentro entre ella y el presidente.

No obstante, a partir de 2015 empieza a producirse una lenta transición, anunciada casualmente por una serie de apariciones televisivas de la vicepresidenta que mejoraron su imagen pública, proyectándola en su papel predestinado de icono de poder femenino. Asimismo, comenzó a decaer el capital del G8 a raíz de dos factores: la caída en desgracia de varios de sus componentes (Soria, Fernández Díaz, Wert) y el resquebrajamiento interno a causa de ese rifirrafe público que ya hemos comentado entre Margallo (que no ha continuado como ministro) y Montoro hacia finales de legislatura (algo que desagradó a Pastor y Fernández Díaz, críticos con Soraya pero profundamente afines a la política de «cierre de filas» del presidente). La reestructuración se formalizó con un nuevo ejecutivo al iniciarse la presente legislatura: una vicepresidenta rearmada (competente en administraciones territoriales y liberada de dar la cara los viernes) y menos sola (Montoro, Báñez, Nadal y Alonso, que ha sido colocado como líder regional), un G8 mermado y descoordinado (queda solamente Tejerina, cercana a Monsterrat, y Ana Pastor como Presidenta del Congreso, pero ella es ya más bien una neutral marianista), un Guindos reforzado en su neutralidad con el área de Industria y una nueva fuerza antagónica: el bando de Cospedal, reordenado tras su ratificación como Secretaria General, su nombramiento en Defensa y su colocación de una poderosa cuota ministerial (Zoido, de la Serna).

Además, es importante recordar que este proceso de rearticulación se dio paralelo al debilitamiento y posterior resurgimiento del propio presidente, acosado por las dudas (se barajaba incluso la posibilidad de traer a Feijóo), que buscó apoyo en la solvencia del sorayismo. Por otra parte, también surgieron dos nuevos frentes que presentan clara identidad y atractivo mediático: los secres jóvenes y progres (Levy, Casado, Sémper, Maroto), que se han visto apartados de las quinielas ministeriales pero que pisan fuerte; y el liberal-aznarismo resucitado, que espolea al presidente desde fuera tras el alejamiento de Aznar.

En definitiva, se ha dado una traslación hegemónica en esta segunda etapa, concentrándose el poder en torno al sorayismo, apenas ensombrecido por el control orgánico de Cospedal. A partir de este cuadro, ¿cuáles son las perspectivas de futuro para el PP? El Presidente, dice Frank Underwood, es «como un árbol en una llanura solitaria, que se inclina hacia donde el viento sopla más fuerte». Rajoy es un hombre de carácter reflexivo que ha tendido siempre a divagar en sus posiciones y a ser imprevisible, pero parece haber ido perdiendo la paciencia durante el período de interinidad, lo cual encaja con su acercamiento al tecnocratismo de la vicepresidenta, especialmente en una etapa que va a estar marcada por la difícil navegación de un Congreso que recupera protagonismo. También es probable que el sector joven vaya a reclamar cierta atención, y cobrando más relevancia de ahora en adelante, sobre todo como contrapunto del progresismo liberal de Ciudadanos. Es difícil hacer diagnóstico, pero confío en que este análisis haya servido para ilustrar en la medida de lo posible los equilibrios internos presentes en el partido, sus antecedentes y sus perspectivas.

Roni Kuppers

Roni Kuppers

(Barcelona, 1997) Estudiante de FPE y Derecho. Juzgad lo que digo teniendo presente que soy de izquierdas, decía mi profesor de Historia. Desbrocemos el ruido y analicemos con valentía.

Más