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Uno de los debates recurrentes en la política exterior reciente ha sido el referente a la relación estadounidense con Rusia. Este debate ha aparecido en una pluralidad de ocasiones desde que se produjeron los acontecimientos de la crisis ucraniana de 2014 y pervive en un gran número de formas que van desde la injerencia rusa en las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016, así como en otros Estados occidentales como Holanda, Francia e incluso el Brexit hasta los recientes acontecimientos en Cataluña. La injerencia rusa ha mantenido, además, las tensiones en la política interna estadounidense, a medida que avanzan las investigaciones sobre la trama que relaciona la intervención de Rusia con miembros destacados de la campaña de Donald Trump e incluso familiares como su ex jefe de campaña Paul Manafort, Jared Kushner o Donald Trump Jr. Para comprender esta situación de tensión hay que comprender la evolución de dicha política durante los últimos años.

El presidente estadounidense Barack Obama, al llegar al poder, decidió iniciar una nueva etapa y mejorar las relaciones con Rusia, relativamente deterioradas desde los acontecimientos de 2008, cuando Rusia expulsa a las tropas de Georgia de los enclaves de Abjasia y Osetia del Sur. Para ello puso en marcha la política de Reset, escenificada en marzo de 2009 con un acto donde se regaló al Ministro de Asuntos Exteriores de Rusia, Sergei Lavrov, un botón rojo y que fue conocido por ciertos errores lingüísticos. Esta política se enmarcaba en la política defendida por el presidente estadounidense de mostrarse conciliador con Estados rivales y adversarios tradicionales de EEUU. El cambio de presidencia en Rusia, ahora encabezada por un presidente Dmititry Medvedev, al que la Administración consideraba más liberal y amistoso que al primer ministro Vladimir Putin, contribuirían a ello.

Sin embargo, estas expectativas pronto se demostrarían infundadas. El estallido de la Primavera Árabe pronto situaría a ambas potencias en posiciones diferentes sobre los procesos de cambio producidos en el Próximo Oriente y Norte de África. A pesar de que, en Libia, el presidente Medvedev dio la aquiescencia en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas a la intervención, el primer ministro Putin ya mostró signos de oposición comparando dicha intervención con las cruzadas medievales. El retorno de Putin a la presidencia en 2012 fue otro golpe a la política de Reset, dado que desde Estados Unidos se le percibía como un líder hostil que no había olvidado la humillación de la derrota soviética durante la Guerra Fría y sus consecuencias. Muy pronto, las hostilidades se trasladarían al territorio sirio, donde Rusia apoyó de manera cada vez más clara y abierta al presidente Asad, convirtiéndose en una pieza fundamental para su supervivencia. Paradójicamente, sería la mediación rusa la que contribuiría a evitar una intervención estadounidense en dicho país, después de la importante crisis que se produjo como resultado del supuesto ataque químico contra población civil en un suburbio de Damasco.

La crisis ucraniana, producida en un escenario regional ya afectado por otras controversias históricas como el de la expansión de la OTAN al Este, acabó enterrando finalmente cualquier posibilidad de reconciliación entre ambas potencias. El derrocamiento del líder ucraniano, Victor Yanukovich en el marco de una disputa sobre la adhesión ucraniana al proyecto de la Unión Euroasiática defendido por Putin o un tratado de asociación con la Unión Europea hicieron saltar las costuras del Estado y aflorar las importantes divisiones internas del país, manifestadas en la secesión de Crimea, primero, y en la Guerra del Donbass después. Como resultado de esta crisis, tanto Estados Unidos como sus aliados europeos comenzaron a imponer sanciones a Rusia que se irían progresivamente incrementando a medida que los acontecimientos fueron evolucionando. Diversos intentos por lograr la paz entre las partes, materializados en los acuerdos de Minsk, a pesar de haber estabilizado parcialmente la situación, sin embargo, no se han traducido en una solución definitiva para este conflicto.

Es de interés destacar que, pese a los acontecimientos, se mantuvo una cierta cooperación en escenarios de interés mutuo como en las diversas actuaciones llevadas a cabo en Siria, en las negociaciones para alcanzar un acuerdo nuclear con Irán o en la lucha frente a los talibanes en Afganistán. Con todo, esta sucesión de crisis tuvo una influencia palpable en el deterioro de las relaciones, que llevó la desconfianza mutua a un nivel sin precedentes desde la etapa de la Guerra Fría. Asimismo, tuvo el efecto de lograr un relativo acercamiento entre Rusia y China, manifestado tanto en la cooperación militar como en los acuerdos energéticos que permitirían reducir la dependencia rusa de Occidente en esta materia.

La campaña presidencial estadounidense de 2016 contribuyó a polarizar todavía más las cosas. A diferencia de otros candidatos presidenciales y a pesar de que utilizó ocasionalmente la imagen del presidente Putin como rival de Estados Unidos cuando fue de su interés en la campaña, el candidato Trump defendió públicamente la necesidad de mantener buenas relaciones con Rusia y los efectos positivos de colaborar en la lucha contra el terrorismo y, particularmente, contra el Estado Islámico. Ésta era una posición ciertamente heterodoxa que lo diferenciaba de la visión planteada por grupos ideológicos como los neoconservadores republicanos o los liberales intervencionistas del Partido Demócrata, que defendían la realización de una política enérgica frente a Rusia.

De hecho, su rival en las elecciones presidenciales, Hillary Clinton, era reconocidamente defensora de una política más contundente frente a Rusia, ya desde su etapa como secretaria de Estado y tal y como recoge en sus propias memorias y también había sido identificada de tal forma por las autoridades rusas. Es precisamente durante esta etapa cuando la controversia en torno a la supuesta injerencia rusa comienza a subir de tono con el robo de correos de miembros destacados del Partido Demócrata y de la propia candidata o de la renuncia del jefe de campaña del candidato Trump, Manafort, por sus vínculos con Rusia.

Si las declaraciones del candidato Trump fueron sinceras, muy pronto las constricciones internas derivadas de la investigación de la trama rusa constriñeron cualquier posibilidad de acercamiento, para el que realmente nunca existió ninguna estrategia. Los resultados estuvieron muy por debajo de la retórica utilizada en la campaña y no fue posible ninguna cooperación, más allá de algunos acuerdos sobre Siria. De hecho, el bombardeo sobre una base aérea siria como resultado de un supuesto ataque lanzado con armas químicas y la imposición de nuevas sanciones por parte del Congreso Estadounidense, cuyos legisladores no compartían la visión sobre Rusia defendida por Trump durante las elecciones, devolvieron la tensión a las relaciones bilaterales.

La evolución de la política rusa marca la necesidad de un cambio y la elaboración de una nueva estrategia. Una estrategia que permita afrontar con firmeza el desafío ruso cuando sus acciones sean inaceptables, como ha sucedido con la injerencia en diferentes procesos electores, pero que permita reconocer de manera equilibrada la necesidad de contar con su concurso para afrontar los principales desafíos para la seguridad producidos en el sistema internacional. Entre ellos la necesidad de combatir el terrorismo yihadista, el proceso de paz en Siria, el acuerdo nuclear con Irán, el desafío de Corea del Norte e incluso el de las relaciones con China, en las que el autor realista John Mearsheimer reconoció la necesidad de su concurso en cualquier posible política de contención frente al cada vez más asertivo país asiático, el rival real de Estados Unidos por sus magnitudes y recursos y su gran desafío vital siguiendo construcciones teóricas como la de la Trampa de Tucídides.

Hasta el momento el presidente Trump, lastrado por su defensa de la imprevisibilidad como guía de acción en política exterior, no ha conseguido cumplir con dicho objetivo. Pero muchos de sus críticos, lastrados a su vez por una visión ideológica sobre Rusia que deja muy poco espacio a cualquier tipo de consideración estratégica, no han contribuido precisamente a la consecución de una empresa tan relevante.