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Corea, una división ya no solo política

Cuando uno dirige su mirada a la península coreana, está siendo testigo en tiempo presente de historia del siglo XX. Allí, el inherte y ya famoso paralelo 38 tiene el dudoso honor de marcar la última frontera de una guerra fría ya inexistente, partiendo en dos a una de las naciones más antiguas de la historia.

Ante tal situación, es imposible no pensar en el que fue su homónimo asiático, Vietnam, o más recientemente europeo, Alemania. Estados separados por una guerra ideológica que consiguieron finalmente reunificarse durante el transcurso de este indirecto conflicto global entre la URSS y EEUU. En ambos casos, uno de los contendientes acabó cediendo y permitió al otro adueñarse del conjunto del país, pudiendo así volver a disponer de una política y modelo económico conjunto.

Esto no sucedió en Corea. Ni el final de la Guerra Fría, con colapso del bloque socialista europeo a finales de los 80, ni el paso de China a una economía de mercado consiguieron hacer mella en el régimen norcoreano, el cual decidió encerrarse en sí mismo en búsqueda de la autarquía, creando la ideología Juche, una deformación nacionalista del comunismo soviético, y militarizándose hasta el extremo con el fin de repeler una eventual invasión extranjera. Por el contrario, Corea del Sur sí aceptó y aprovechó los cambios contextuales surgidos. Tras una década de aperturismo económico y político, en 1987 el país se democratizó definitivamente, abriéndose al mundo seguidamente con la celebración de las Olimpiadas de Seúl al año siguiente, siendo éstas paradójicamente las últimas de la Guerra fría.

Este fenómeno provocó el enquistamiento político y geográfico del conflicto de dos estados que aún hoy siguen técnicamente en guerra y sin reconocerse mutuamente. Tras tres décadas de distanciamiento, las diferencias entre ambas Coreas se han hecho insalvables desde una visión gubernamental e ideológica, incrementándose las divergencias en tantos aspectos y hasta tal punto que a día de hoy no parece que estos territorios hayan tenido un pasado común. No obstante, dicho ideario no será el factor desencadenante que hará imposible una eventual unión entre ambos estados. Al fin y al cabo, aunque contrarios, los gobiernos de ambos países ansían la unión, siempre y cuando ésta sea bajo su modelo político e ideológico.

La lucha entre capitalismo y comunismo, fue el germen de la división, pero en la actualidad ya no es el factor clave que impide la reagrupación. El propio desarrollo de la sociedad surgida tras la división y el consecuente desarrollo monetario, gubernamental y cultural, unidos a variables demográficas, hacen que hoy el sueño de una Corea unificada resulte imposible, tanto desde una visión social como político-económica.

Los datos muestran situaciones irrenconciliables. Dejando de lado la decaída generalizada sufrida por Corea del Norte en los años 90 tras el colapso del bloque socialista, las tendencias han mostrado on anterioridad y posteriomente acusadas divergencias en muchos aspectos clave. Tal y como se puede visualizar desde una perspectiva socioeconómica, en la actualidad los surcoreanos disponen de media en torno a 40 veces más de capital y viven más de 10 años más que sus homólogos norteños. En un sentido similar, respecto de la estructura laboral y el funcionamiento económico del propio estado, también existen importantes diferencias: contrasta el gran peso que sigue teniendo la agricultura en Pyongyang para la subsistencia del país con el consolidado modelo monetario de primer mundo de Seúl. Hasta el propio idioma ha sufrido imporantes variaciones en sendos lados del muro, teniendo como consecuencia que a día de hoy y tan solo con 70 años de separación, un estudiante Norcoreano entiende menos del 50% de las palabras de un libro académico de Corea del Sur.

Todo este conjunto de pequeñas sumas han creado un estado de desconexión emocional de facto entre los habitantes de ambas Coreas. Tal y como revelan los análisis sociopolíticos y estudios recientes, los ciudadanos de Corea del Sur han renegado del norte, y muestra de ello es que en apenas 15 años, el porcentaje de ciudadanos del sur que ven la reunificación como un aspecto "muy necesario" ha pasado del 80% al 40% en la actualidad, teniendo solo un apoyo del 20% entre los jóvenes.

Economía, sociedad, cultura, ideología... un degoteo de factores continuo y creciente que se ha convertido en el día a día de la vida de los habitantes de ambas Coreas, provocando como consecuencia un desinterés cada vez mayor por parte de los Surcoreanos en la reunificación. Siendo finalmente, y como un clavo más en un ataúd, un fenómeno creciente que incide principalmente en las nuevas generaciones surgidas tras la guerra fría, las cuales creen que unir de nuevo al país generaría un grave retroceso en el desarrollo del conjunto del territorio y su calidad de vida.

Tras décadas de distanciamiento continuo y en un contexto cada vez menos favorable harán falta mucho más que voluntad política y anhelo histórico para tratar de unificar a estos dos mundos, hoy en día paralelos, que no hace tanto compartieron un mismo lugar en la esfera global.

Aleix Sánchez

Aleix Sánchez

(Barcelona, 1992) Politólogo y cursando grado de ADE. Enamorado de Europa del Este y el Lejano Oriente.

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