TodЛs somos políticЛs. TodЛs hacemos política.

Una de las principales convicciones de Hegel, en oposición al pensamiento clarividente de Kant, fue la reivindicación de la contradicción no como obstáculo, sino como punto de partida natural en la filosofía para alcanzar proposiciones cada vez más ambiciosas y reveladoras. Era de particular regocijo para Hegel dar con conceptos, tales como el de aufheben —condensación esquizofrénica de «anular» y «preservar»—, que integraran en sí mismos dichas contradicciones.

Es una agradable coincidencia que Marcuse (1976) haya considerado a Hegel el primer teórico social de la historia. En efecto, las ciencias sociales sitúan en un lugar predilecto el debate acerca de la concreción teórica de los conceptos, muy especialmente por la importancia de discernir una relación clara entre la elaboración teórica y el estudio empírico —lo que generalmente se llama operacionalización. Ya a mediados del siglo pasado, Walter B. Gallie (1955-6) se preguntó por las problemáticas de la indeterminación conceptual con un acento práctico muy útil para las ciencias sociales. Su tesis es que hay ciertos conceptos altamente abstractos que no pueden más que ser categorizados como essentially contested —radicalmente disputados—, es decir, como conceptos que son empleados en sentidos tan diversos —e incluso contradictorios— que no existe terreno mínimo sobre el que acordar una definición o contenido esencial. Hablamos principalmente de aquellos conceptos que Sartori (1970) denominaría de «alto nivel de abstracción», es decir, que comprenden una extensión máxima y una intensión mínima.

La teoría de Gallie ha sido muy difundida y discutida, y anima hoy a cuestionar el rigor de las ciencias sociales cuando pretenden transitar fácilmente entre teoría y praxis y a la inversa, o cuando asumen acríticamente conceptos de otras disciplinas, máxime en un tiempo en que parece que estamos atrapados entre la primacía absoluta de la aplicabilidad cuantitativa —que rebaja la relevancia de la reflexión conceptual— y el escepticismo posmoderno de las ficciones literarias —que relativiza la relevancia de la reflexión conceptual.

Es evidente que en muchos casos lo que Gallie llama «disputa radical» es meramente el reflejo de la diversidad epistemológica o ideológica —lo que últimamente se estila llamar significantes flotantes. Conceptos como libertad, igualdad o democracia son los casos más evidentes: enuncian significados fundamentalmente positivos y que muy diversas posiciones desean enarbolar como propios. En tales casos, la elaboración teórica de dichos conceptos es productiva en la medida en que se enmarca dentro de una tradición teórica particular, coherente y cimentada sobre cierta premisa definitoria que es aceptada por convención (por ejemplo, libertad negativa tiene una esencia definitoria reconocible frente a libertad positiva), lo cual confiere capacidad de argumentación razonada, en una especie de relación de polisemia imperfecta.

Más específicamente, Gallie defiende la productividad de la continuada elaboración teórica por dos razones: porque animará a alcanzar teorías de creciente calidad en la argumentación de las partes en disputa ideológica; y porque, como demuestra con un sencillo ejercicio lógico, es posible que las personas presenten dinámicas de conversión entre diferentes posiciones epistemológicas de forma racional, es decir, susceptible a esa continuada argumentación teórica: aunque sobre un concepto en disputa radical no pueda establecerse lo mejor, sí es posible que un individuo razone acerca de aquello que cree que mejor se identifica con sus convicciones personales, y esto puede cambiar a la luz de ciertos argumentos.

Pero, a mi parecer, en algunos casos la morfología de la disputa no se presta a ser ordenada tan fácilmente. Éstos son los casos de desacuerdo más radical y, por tanto, los más problemáticos. Estoy hablando de conceptos cuyo desarrollo teórico, si bien extenso, se disemina entre disciplinas y no presenta esquema alguno de gradual evolución o sofisticación del que el científico social pueda extraer una base terminológica clara. Esto provoca que su impacto teórico se minimice y que, aunque la competitividad a nivel teórico pueda prevalecer de forma razonada, se produzca en algunas ocasiones un verdadero abismo entre teoría y praxis —es decir, los argumentos teóricos no llegan a permear la praxis. Esto ocurre con conceptos tan centrales en las ciencias sociales como poder, cuyo desarrollo se ha visto minado por una diversidad inconexa de elaboraciones teóricas (Lukes, 2005); o solidaridad, cuya diversidad de significados es desestructurada y confusa (Camboni, 2018).

Siguiendo con estos dos ejemplos, en tales casos se han producido graves problemas de operacionalización empírica. En el primer caso, Lukes (2005) critica —hasta el punto de invalidar— el famoso estudio de Dahl Who Governs?: Democracy and Power in an American City (1969) (acerca del ejercicio del poder en la ciudad de New Haven) porque, limitando el concepto de poder a su ejercicio en casos de «dominación en situaciones de conflicto observable», la conclusión positiva de que el pluralismo político caracteriza el ejercicio de poder en New Haven se ve ensombrecida por las reveladoras teorizaciones acerca del ejercicio no observable del poder, que Dahl no tiene en cuenta. En el segundo caso, se da el mecanismo por el cual la definición de un concepto complejo se delega en las operaciones de su principal vehículo de transmisión, en este caso las instituciones (Miller, 2017) y, aún más restringidamente, las disposiciones redistributivas del Estado de Bienestar.

La literatura teórica está plagada de académicos que expresan su consternación ante tales derivas e incluso detienen su propia labor teórica para proponer clasificaciones que ordenen el trabajo previo (por ejemplo, dividiendo la solidaridad en moral, política, cívica…). Pero de poca influencia puede ser este esfuerzo cuando la división entre teóricos e investigadores es máxima, llegando al punto de considerar éstos últimos que son los únicos que pueden llamarse propiamente científicos (Bauböck, 2013). En el abismo entre la indeterminación teórica y la exigencia empírica, se da un proceso por el cual el concepto pasa a ser diluido, sustituido o eclipsado para que su indeterminación no obstaculice el trabajo de quienes lo emplean habitualmente en la praxis; o incluso pase a ser descartado, como ha hecho la ciencia política con el concepto solidaridad (Wilde, 2007).

Ante estos panoramas, hay quienes, como Luhmann (1977), defienden que conceptos tan disputados carecen de utilidad analítica y deben por ello ser relegados a la mera ceremonialidad. De hecho, el mismo Gallie reconoce que la productividad de invertir esfuerzos teóricos depende del contexto de cada debate, y que a veces puede ser incluso nocivo. Pero cabe preguntarse si vocablos como poder o solidaridad expresan ideas susceptibles de ser reducidas en sus componentes diversos a algún otro concepto, o si por el contrario son vocablos de los que se derivan estructuras de acción social relevantes. Y creo que es evidente que éste es el caso para los ejemplos usados, y por tanto no podemos desprendernos de su uso científico, y así la cuestión acerca de cómo salvar el abismo permanece.

La respuesta más sencilla es la que emplean aquellos que adecuan los límites de lo posible conceptualmente a los de lo observable empíricamente. Por ejemplo, Bauböck (2013) apunta que el giro institucionalista de la teoría en los años 90, sobre todo a raíz del tratamiento del concepto de justicia en Rawls, favoreció un estrechamiento de este abismo teórico-práctico al desviar el foco de las filosofías morales a las estructuras sociales. Es decir, los teóricos se adaptaron a las exigencias de observación o medición que podemos ver reflejadas en los ejemplos de poder y solidaridad. Pero también es evidente que esto es peligroso si provoca una limitación del poder teórico del concepto por su supeditación a las condiciones de posibilidad del orden establecido: la operacionalización puede devenir, en efecto, un ejercicio de poder que obstruye la crítica o la innovación (Marcuse, 1991).

Del trabajo de Gallie se desprende otra vía, que él considera contradictoria con el propio concepto de radical disputabilidad, pero que vale la pena considerar: la creación de nuevos conceptos, cuyo uso puede ser perfectamente consistente y superar lo que era meramente un confusión terminológica. Esta vía, podría decirse, ha sido explotada especialmente —excesivamente— bajo premisas posmodernas. Aunque esto nada tiene que ver con lo que ocurre con los ejemplos expuestos, pues a pesar de radicales divergencias se disputan un mismo concepto, para el cual la propia posición (por ejemplo, la libertad republicana) se considera mejor o auténtica manifestación (por ejemplo, de la libertad en sí), no deja de ser un ejercicio necesario para identificar si realmente estamos ante un problema de radical disputabilidad.

Una tercera vía que ha tenido gran éxito es la del desdoblamiento, cuyo paradigma es el estudio del concepto democracia por parte de Dahl (1971), que consiste en diferenciar el concepto original como ideal normativo de otro que represente su manifestación empírica mínima (en este caso, el concepto de poliarquía en oposición a democracia: una serie de criterios medibles que no aspiran a saturar la realización de la democracia, pero sí a identificar sus bases fundamentales). Éste me parece un método muy saludable: reconoce tanto la necesidad de concreción del estudio empírico como la necesidad de apertura del trabajo teórico, manteniendo éste último como un horizonte de realización que incide sobre las condiciones de trabajo del primero. Tal vez podría hacerse lo mismo con la solidaridad cuando ésta tiene una acepción meramente institucional.

La cuarta y última vía que propongo es, sencillamente, la posibilidad de hacer un esfuerzo de síntesis para analizar, seleccionar y agrupar diferentes nociones de un mismo concepto que se consideren complementarias (descartando las que no lo sean) en torno a una propuesta no de esencia, sino de multidimensionalidad. Me gusta mucho en este sentido el ejemplo de Lukes (2005) en su despliegue de las dimensiones del concepto poder —dominación en conflicto, prevención de conflicto, prevención de la percepción de dominación, producción del sujeto. Aunque el problema parece no terminar aquí, porque como muestra el ejemplo de Dahl (1969) ya no sería legítimo estudiar solamente una dimensión: la aplicación empírica, pues, sería extremadamente compleja. De esta crítica se defiende Lukes diciendo que los problemas de medición no son razón para negar que cierta dimensión del poder exista.

La imposibilidad de encontrar un método consensual y aplicable universalmente, no obstante, no eximiría en mi opinión de la responsabilidad de proseguir el desarrollo teórico de los conceptos más comunes y antiguos de las ciencias sociales. Antes bien, la conclusión más relevante que podemos extraer es que en nuestro ámbito, que tanto esfuerzo se ve obligado a invertir en transitar el puente de la operacionalización, es tanto más importante prestar atención crítica a los conceptos. ¿Quién los define y cómo? ¿Cuáles son los límites del estudio empírico? ¿Dónde está el origen de las nociones operacionales más básicas de conceptos como democracia, derecho, sociedad o identidad? ¿Siguen siendo válidas?

Para responder a todo ello, esforzarnos en proponer definiciones informadas y precisas es siempre una tarea de gran relevancia. Recogiendo el guante, nuestra nueva sección Conceptus nace para atender a esta responsabilidad, en la medida de nuestros conocimientos, aportando un trabajo riguroso y con un objetivo claro: facilitar —o complicar, en el buen sentido— el trabajo de todo aquél que nos lea con la necesidad de aclarar o con la inquietud de explorar.


Bauböck, R., 2013. Teoría política normativa e investigación empírica. En: Della Porta, D. y Keating, M., eds. 2013. Enfoques y metodologías de las ciencias sociales. Una perspectiva pluralista. Madrid: Akal. Pp. 53-73.

Camboni, F., 2018. La solidarietà come concetto filosofico. Biblioteca Della Libertà, 221, 73–98.

Dahl, R. A., 1969. Who Governs?: Democracy and Power in an American City. New Haven: Yale University Press.

— 1970. Polyarchy: participation and opposition. New Haven: Yale University Press.

Gallie, W. B., 1955-6. Essentially Contested Concepts. Proceedings of the Aristotelian Society, 56, pp. 167-198.

King, G., Keohane, R. O. y Verba, S., 1994. Designing Social Inquiry. Scientific Inference in Qualitative Research. Nueva Jersey: Princeton University Press.

Luhmann, N. 1977. The Differentiation of Society. Canadian Journal of Sociology, 2, pp. 29-53.

Lukes, S., 2005. Power: a radical view (2ª ed.). Houndmills: Pelgrave Macmillan.

Marcuse, H., 1976. Razón y revolución. Madrid: Alianza.

— 1991. One Dimensional Man (2ª ed.). Boston: Beacon Press.

Miller, D., 2017. Solidarity and Its Sources. En: K. Banting, K. y W. Kymlicka, ed. 2017. Strains of Commitment: The Political Sources of Solidarity in Diverse Societies. Oxford: Oxford University Press. Pp. 61-79.

Sartori, G., 1970. Concept Misformation in Comparative Politics. American Political Science Review, 64, pp. 1033-1053.

Wilde, L., 2007. The Concept of Solidarity: Emerging from the Theoretical Shadows? The British Journal of Politics and International Relations, 9(1), pp. 171–181.