TodЛs somos políticЛs. TodЛs hacemos política.

Roni Küppers

El 22 de julio es buena fecha para programar la investidura: desde el 28 de abril, el Presidente en funciones habrá pasado más tiempo peaseándose por las altas esferas europeas que sentándose a hablar con los recién electos líderes del Congreso. La foto con Macron es muy poderosa: no solamente sitúa a un hombre resucitado como cabeza de la legación socialista en la negociación (lo cual, dado el complejo que padecemos los españoles con respecto al resto de Europa, es un logro muy relevante a nivel nacional), sino que también abre la puerta a representar en España una centralidad que tal vez Ciudadanos pensó que no estaba en disputa. A ojos del español medio, todo contendiente queda empequeñecido al lado de una suntuosa fotografía en el paseíllo de banderas de Bruselas.

Hay quien dice que se están marcando un Rajoy. Y está claro que hay cierta similitud. Y es probable que, después del «no es no», que era en realidad una oda al parlamentarismo (no es de recibo esperar que el Parlamento otorgue su confianza a un candidato si no se esfuerza por tejer un apoyo mayoritario que incluya demandas suficientes de otras fuerzas), la amenaza de nuevas elecciones haya supuesto un coste en términos de credibilidad. Pero hay una diferencia evidente: mientras en aquél entonces se propugnaba la posibilidad de una mayoría alternativa, que acabó confirmándose en la moción de censura, y a la que Pedro Sánchez no tuvo acceso hasta después de resucitar, es evidente que no existe hoy gobierno alternativo al del PSOE.

La segunda clave es la de la coalición. La cuestión es ésta: los números de Podemos no son suficientes para garantizar la investidura, como sí lo serían los de Cs —es decir, los españoles no han votado claramente por una coalición de izquierdas—; y a la vez la inclusión de Podemos en el gobierno puede dar al traste con algunos de los demás apoyos parlamentarios que hoy están sobre la mesa y que son igual de necesarios. Y no sólo eso: el tema del referéndum de secesión es un cisma enorme entre ambos partidos, que dificultaría la coordinación en la acción frente a uno de los asuntos más delicados de la legislatura. Tener como ministros del Gobierno de España personas que activamente promueven dicho referéndum desestabiliza gravemente la estrategia de contención y de garantía internacional que ha seguido el gobierno de Pedro Sánchez. A saber, cuando dicte sentencia el Tribunal Supremo acerca del referéndum ilegal, ¿podría darse la situación tan estrambótica de que un ministro del Gobierno de España se alineara con aquellos que dicen que hay presos políticos en España?

Por otro lado, por lo que hace al argumentario de Podemos, no es compatible arrogarse uno de los mayores logros del gobierno saliente —la subida del salario mínimo— y a la vez afirmar que es perentorio participar del gobierno para que las cosas se hagan. Además, si así lo creyeran los españoles, la repetición electoral les sonreiría, cosa que no parece ser el caso; antes bien, el lío de los pactos y las coaliciones parece haber generado cierta nostalgia del bipartidismo. ¿Pero por qué todo esto no es tema de discusión? Es sencillamente incomprensible que el foco no esté en las políticas y el programa de gobierno.

En resumen: me parece lógico que la sensatez haga preferir una repetición electoral a un gobierno de coalición, incluso en el caso de que dicho pacto de gobierno pudiera suscitar la confianza mayoritaria del Congreso —cosa que es poco previsible. La responsabilidad, antes que en la formación precipitada de un gobierno de coalición, está en mi opinión en mantenerse firme en la imposibilidad de asumir un coste tan elevado. Pero también es lógica la actitud Valls: aceptar la posición propia como estratégica y hacerla valer en vez de rehuir la responsabilidad. Ojalá un inesperado Valls en el Congreso.


Tarek Jaziri Arjona

Decir en 2019 que la política española ha aterrizado en un nuevo escenario no es ninguna sorpresa. Lo sorprendente es que 3-4 años después del bloqueo político de 2015/16, los políticos no haya pensado en algún mecanismo que facilite la investidura. Recordemos que los políticos no solo tienen ante sí un contexto más fragmentado, lo cual implica tener que negociar con más partidos, sino que también se enfrentan a un sistema en el cual para deponer al presidente del gobierno es necesaria una moción de censura constructiva. Por ello, como explicaba Roni anteriormente, los partidos tienen ante sí la posibilidad de investir a Pedro Sánchez o una incierta repetición de elecciones. De ahí la insistencia de Podemos en estar en el Consejo de Ministros, ya que una vez investido Sánchez solo una estrambótica alianza podría sacarlo de Moncloa.

No es descartable una repetición de elecciones, de imprevisibles consecuencias, a no ser que Podemos o Ciudadanos consideren que tienen más que perder con la repetición que facilitando la investidura de Sánchez. A mi parecer la posición de Ciudadanos de no negociar bajo ningún concepto con el PSOE les hace perder una carta de su mano a la hora de negociar. En su apuesta pre-elecciones por liderar la derecha estableció un cordón sanitario al PSOE, por lo tanto ahora solo puede negociar con PP y Vox. No puede amagar con darle el gobierno al PSOE en algunas CCAA o el gobierno nacional. Es cierto que negociar con el PSOE desencadenaría críticas desde la derecha, pero también podría ser una herramienta negociadora si el PP ve posible la pérdida de poder en territorios esenciales para ellos. De forma similar, si el PSOE se sienta con Ciudadanos a negociar, existe la posibilidad de producirse de nuevo un trasvase de los votantes socialistas más radicales hacia Podemos, lo cual debilitaría en el medio plazo la posición del PSOE. Sin embargo, el relato existente es otro y Ciudadanos tratará de liderar la derecha en el medio plazo.

Por otro lado, el giro a la izquierda del PSOE tras la llegada de nuevo de Sánchez a la secretaría general y el giro a la derecha de Ciudadanos, junto a la aparición de Vox, ha generado una mayor polarización política en España. El bloqueo que estamos experimentado es, en parte, una consecuencia de ello. Según algunos académicos, una mayor polarización puede llevar en el medio plazo a una menor participación política, un descenso de la identificación partidista y un menor interés por la política. Si los candidatos son cada vez más extremos, la mayoría de la población moderada no se vería representada. La pregunta es: ¿quién nos ha llevado aquí? ¿Los políticos, los medios o hemos sido nosotros? Quizás es que los tres actores tenemos parte de la culpa. También habrá que comprobar si esta polarización es solo mediática o se traslada también a las actitudes y valores de los ciudadanos.


Isidoro Sevilla

Voy a analizar brevemente las principales estrategias que mueven a los actores políticos de cara a conformar pactos poselectorales. Me centraré en los recientes movimientos del PSOE, Ciudadanos, Podemos y Más Madrid (este último en el panorama autonómico madrileño), ya que los movimientos del PP y de VOX respecto a los pactos son más claros: VOX tiene que conseguir que el PP y Cs incluyan nuevos temas y medidas en los Gobiernos donde VOX sea la llave. El PP, por otra parte, tiene el reto de recuperar la credibilidad y de conseguir gobernar en la Comunidad de Madrid, conservando así su principal plaza de poder.

El PSOE, fortalecido tanto por los resultados electorales como por el respaldo de las encuestas (Según el barómetro del CIS de junio, el PSOE sería el único partido que crecería en una repetición de elecciones. Sucedería lo mismo que ocurrió con el 26J respecto al 20D: la primera fuerza política sale reforzada en unos segundos comicios, probablemente para favorecer la estabilidad política). En la entrevista con Pedro Piqueras, el Presidente Sánchez desnudó por completo su estrategia adrede: se basa fundamentalmente en tender la mano a la oposición, en especial a Cs, para que, a través de su abstención, el futuro Gobierno de España no tenga que depender de los partidos separatistas. Así, el PSOE podría escorarse aún más al centro y evitaría realizar reformas estructurales en materia económica, como cabría esperar de un gobierno respaldado por Unidas Podemos. Es por eso que Sánchez no pretende ceder a las pretensiones de Iglesias, al cual ofrece una cooperación simbólica que implicaría ser “socios preferentes” pero no tener ninguna responsabilidad de Gobierno.

Por otro lado, Ciudadanos es el partido que se encuentra en una posición más delicada porque está siendo víctima de sus propios vetos y líneas rojas: ha vetado tanto pactos con el PSOE de Sánchez como posibles pactos con VOX, limitándose a ser socio exclusivo del PP, al que pretende dar el sorpasso. Esta estrategia de bloqueo de las instituciones es una consecuencia de que, pacte con quien pacte, el tomar posición podría pasarle factura y perdería a una parte de sus votantes. Pero lo que no está teniendo en cuenta es que esta estrategia limita su capacidad negociadora y hace que estar en el centro sea una traba en lugar de una ventaja. Ahora mismo, más que un partido de centro, parece un partido indiferente y equidistante y eso indudablemente puede tener consecuencias en el caso de una repetición electoral.

La estrategia de Podemos, por otra parte, se limita a intentar conseguir el mayor reconocimiento por parte de Pedro Sánchez. Iglesias tiene como posición maximalista que Unidas Podemos entre en el Gobierno, pero ha ido dejando entrever que está abierto a diferentes fórmulas de coalición, dando muchas opciones al PSOE. El problema es que la posibilidad que marcan las encuestas, de que Podemos pierda aún más escaños si hay repetición electoral, limita mucho la capacidad de maniobra de Iglesias, que puede terminar cediendo.

Finalmente, en el escenario político madrileño, Más Madrid ha planteado una estrategia basada en tratar de romper los bloques izquierda-derecha: así, se abre a pactar con Cs de manera inequívoca y le pide tres de sus votos para que gobierne Gabilondo. Lo que pretende Errejón es que la nueva marca sea capaz de negociar dejando al margen los egos y que sea lo más transversal posible, pues sabe que un proyecto de corte populista necesita romper los bloques para ser efectivo.