TodЛs somos políticЛs. TodЛs hacemos política.

Claudia Benlloch

Pedro Sánchez ha optado finalmente por el 28 de abril en lugar del “superdomingo” como fecha para las elecciones generales en España. Así consigue evitar que las municipales se conviertan en un plebiscito en torno a su persona, pero también se arriesga una desmovilización en mayo por parte de los electores, cansados de acudir a las urnas. En cualquier caso, parece claro que la contienda electoral para las municipales y autonómicas va a estar en gran parte marcada por la política nacional.

Esta situación no beneficia mucho a Sánchez, pues la identidad nacional —a la que han decidido jugar fuerte Vox, PP y Ciudadanos— y el debate territorial son elementos que dividen al electorado del PSOE. Lo que obliga al partido a cuidarse de mensajes fuertes que pudieran impedirle penetrar al mismo tiempo en lugares muy distintos políticamente hablando: zonas que tienden más a la re-centralización y zonas que apuestan claramente por un modelo federalista. Porque Sánchez necesita que su mensaje cale en ambas para gobernar en España. La línea es muy fina, y Sánchez deberá hacer equilibrios para no entrar en contradicciones con respecto a lo que defiendan en las campañas municipales o autonómicas de las distintas regiones españolas. Y ellos también deberán tenerlo en cuenta.

La cercanía entre ambas elecciones también provocará que todos los barones del PSOE tengan que arrimar el hombro en la campaña de Sánchez, pues los resultados de las generales tendrán un gran peso en cómo se desarrollarán las del 26 de mayo. Con las municipales a la vuelta de la esquina, las generales no dejan de ser una apuesta a todo o nada para Sánchez. Existe un gran riesgo: si el PSOE apuesta a nivel nacional por un mensaje que lo sitúa como la única opción para evitar que la derecha llegue al poder y fracasa, el contagio de cara a las municipales podría resultar nefasto para los socialistas. Pero también podría salir bien y generar un empuje gracias al bandwagon effect que podría darles rédito.

De momento el PSOE está sabiendo aprovechar la poca diferenciación a nivel comunicativo que se ha dado recientemente entre Ciudadanos, PP y Vox (sumado a la famosa foto juntos en Colón), y que arrastra cada día más al partido naranja hacia la derecha. Probablemente este viraje es una estrategia buscada por los de Rivera para atacar al espacio ahora ocupado por el PP y frenar la fuga de votos de su partido en favor de Vox. Pero lo cierto es que esta situación abre la puerta al PSOE para erigirse como la alternativa moderada, y le permite generar mensajes que le ayuden a competir por ese jugoso espacio que necesita, más al centro, habitado por electores moderados que huyen del partido de Rivera por verlo cada día más parecido al de Abascal.

Los pasos que ha emprendido por el momento parecen acertados. Entre ellos, la campaña #LaEspañaQueQuieres, recién salida del horno, apunta ya a la idea de diálogo, a la España que habla todas sus lenguas y no levanta barreras. Un mensaje integrador en el que, como bien dicen, «cabemos todos». Veremos si funciona.


Roni Küppers

‌Tres generales en menos de cuatro años no tiene por qué ser «un fracaso». La concurrencia de circunstancias excepcionales puede anular el sentido del programa de un partido, o situarnos frente a retos inesperados cuyo abordamiento requiere el aval de una renovación electoral. En cualquier caso no creo que haya mucha discusión sobre si esta convocatoria era necesaria. La división de la derecha es el fenómeno clave y que hace imposible una previsión razonable. Algo completamente nuevo en democracia y, en términos históricos, muy ensombrecido en España por la historia tumultuosa de unas izquierdas que en 1937 se mataban a tiros entre ellas en Barcelona.

Tras la Transición, la eclosión de las generales de 2015 ha roto un historial anómalamente bipartidista en un sistema parlamentario; pero el imaginario tradicional español se ha invertido: mientras hemos visto izquierdas más pactistas y constructivas, las derechas son ahora las que se segmentan y se significan tumultuosamente. ¿Qué me preocupa de todo esto?  

La degradación institucional: las nuevas derechas —meto aquí también al nuevo PP— han demostrado que, al tiempo que se declaraban las más constitucionalistas, han sido capaces de llevar un discurso exacerbado que no teme erosionar la legitimidad de las instituciones a costa de marcar terreno frente a sus competidores. Por ejemplo, lo que es un mecanismo constitucional corriente en todo sistema parlamentario —la moción de censura— se ha convertido en «ilegítima» y su proponente en un «okupa». Por ejemplo, se habla de que hay que «devolver la autonomía a los catalanes» sin consideración hacia el Parlament, que es dónde se dirime institucionalmente qué queremos los catalanes.  

La degradación mediática de la política: ante la necesidad de copar los medios para hacerse oír sobre los demás, las derechas han hecho del discurso político un arma arrojadiza, acostumbrándonos al uso de la mentira y el insulto. Por ejemplo, se ha acusado al Gobierno de «alta traición», delito tipificado que es susceptible de sentar en el banquillo a Pablo Casado por calumnias. Se ha dicho que los Presupuestos que había sobre la mesa nos llevaban «al infierno». Se ha personalizado de forma grosera, presentado de forma constante la acción de gobierno como una estrategia de beneficio personal del Presidente en los términos más banales, afirmando que sería capaz de «vender España por estar un cuarto de hora más en Moncloa» o que era incapaz de oír a la ciudadanía por «el ruido del Falcon». Se ha acordado entre las tres derechas un Manifiesto (10 de febrero) lleno de falsedades y crasas acusaciones. Se ha caricaturizado una medida institucional usual —la del relator o mediador, ya empleada por Rajoy— como «la venta de la soberanía nacional».  

Ambas cuestiones se retroalimentan, es obvio, y la cuestión es la progresiva degradación de la práctica y el discurso, el desprecio y la incapacidad de mostrar un mínimo respeto o consideración hacia el otro. Por eso nunca quisieron sentarse a la Mesa de Partidos ni Cs ni PP, porque no tienen nada que hablar o proponer. Pero nótese que no ha hecho falta hablar de Cataluña para ver lo mal que está la cosa. Antes Rafael Hernando era una estridencia, ahora es un manual. Me parece que la única solución para parar esto es que el día 28 —a diferencia de lo que ocurrió con las estridencias de Trump, de Bolsonaro o de los brexiteers— los ciudadanos deslegitimemos estas formas degradantes de política. Estoy convencido de que no es una cuestión de ideologías sino de calidad institucional.


Stephan Zhao

Con la caída de los presupuestos y la convocatoria electoral para el día 28 de abril, se pone en marcha la maquinaria electoral de cara a unas Elecciones Generales llena de incertidumbres. Teniendo en cuenta que nos encontramos ante un electorado cada vez más volátil y que la decisión del voto tiende a retrasarse más en el tiempo, resulta conveniente ser cautelosos a la hora de tratar de calibrar el posible escenario político que derive de estos comicios. En este sentido, se considera oportuno trazar algunas claves que nos permitan ordenar una realidad política tan incierta.

En primer lugar, es difícil comprender las líneas estratégicas adoptadas por los diferentes partidos políticos sin tener en cuenta la cuestión catalana y la aparición de VOX, los cuales son elementos que están condicionando las coordenadas sobre las que se está ordenando la competición partidista. Si en 2015 fueron la economía, la corrupción o la regeneración democrática los issues que movilizaron el voto, en 2019 las cuestiones identitarias serán las que estructuren el debate político a lo largo de esta carrera hasta el día de las elecciones.

Por la derecha encontramos una intensa competición entre PP, Ciudadanos y VOX por capitalizar la defensa de la unidad de España, a la par que tratan de constituirse respectivamente como partidos referentes de la derecha ideológica. Por la izquierda, la interacción entre la polarización del debate político y la actual desconfiguración de Podemos puede derivar en que el voto progresista se coordine en torno al PSOE, siendo una dinámica inciertamente beneficiosa en un contexto político donde la aritmética parlamentaria y las alianzas postelectorales van a ser claves para agregar mayorías que permitan la formación de un gobierno.

Otra de las grandes incógnitas de estas elecciones es la fuerza con la que VOX irrumpirá en el Congreso, siendo al final una cuestión que dependerá fundamentalmente de la forma en la que se relacione con el sistema electoral, es decir, si consigue el porcentaje de votos suficiente y la distribución óptima en términos espaciales como para mitigar el sesgo mayoritario que nuestro sistema electoral presenta.

Por último, cabe mencionar la particular relación que van a tener estas Elecciones Generales con las municipales, autonómicas y europeas del 26 de mayo. Por efecto cansancio es estimable cierta erosión en la participación electoral, al mismo tiempo que los resultados obtenidos en abril van a tener implicaciones sobre la coordinación del voto en mayo. A pesar de haberse evitado un superdomingo que agrupe todos estos comicios, la contaminación entre arenas electorales va a ser difícilmente evitable, siendo el plano nacional el que prime sobre el resto niveles.

Las urnas están de vuelta y con ello se añade una página más al libro de nuestra historia democrática. Las Elecciones Generales del año 2019 no van a resultar indiferentes, unos comicios en los que se perfilará un futuro sistema político, un futuro gobierno y un futuro proyecto de país.


Tirso Virgós

Pedro Sánchez había bailado en el alambre durante demasiado tiempo, y, finalmente, en la votación de los presupuestos, no pudo resistir más. Convocatoria a elecciones el 28 de abril, un mes antes de las europeas, autonómicas y locales, y otros dos meses de la campaña electoral permanente en la que hemos vivido desde la moción de censura. Los comicios de 2016 ya habían anunciado el principio de la polarización, pero desde el 1 de octubre de 2017, la hemos vivido con mucha mayor intensidad.

Primero fue el eje nacional, issue que Ciudadanos había conseguido dominar merced a su triunfo en las autonómicas y su firmeza en favor del 155. Luego, la moción de censura y la posibilidad de una mayoría alternativa entre izquierdas y periferia para alcanzar el gobierno por una senda antes inexplorada. A finales de este 2018, vinieron las elecciones andaluzas y la aparición, con mucha mayor fuerza de la esperada, de Vox. La entrada en escena de este partido ha desdibujado las líneas de consenso que una vez existieron y tensionado el panorama político hasta tirar por el desagüe todas las previsiones que hice aquí.

Observaremos una campaña tremendamente intensa y polarizada. Podemos tiene que intentar sobrevivir a la OPA hostil que lanzará el PSOE, crecido tras la moción y con la posibilidad de reivindicar su papel como voto útil en la izquierda y movilizar al votante ante la amenaza "fascista". Tal ha sido el mantra desde antes de la campaña de las andaluzas. Las tres derechas, "el trifachito" y el peligro de Vox para cohesionar las filas y presentar una alternativa a lo que se ve como una alianza inevitable en el otro lado. A la vez, una posibilidad de hacer crecer a la fuerza radical rival para dividirlos y hacer que los votantes más centristas de Ciudadanos y el PP huyan a las filas socialistas o se queden en casa.    

En la derecha, PP y Ciudadanos buscarán liderar el bloque y crecer a costa de su rival, pero sin descuidar el flanco de Vox. La manifestación conjunta en Colón fue, para algunos, un acierto, pero para muchos otros un error, dando más visibilidad a una formación extraparlamentaria. Pero, una vez entrados en la dinámica de activar el eje nacional y habiendo reclamado insistentemente la convocatoria a elecciones de Sánchez, ¿cómo negarse a asistir a la manifestación? La frontera con la extrema derecha los obliga a mantener una actitud dura que, aunque pueda minimizar fugas por ese flanco, puede suponer daño en el otro.

Con todo y esto, el mundo no se acabará el 29 de abril. El 26 de mayo llegan nuevas elecciones y, tras eso, una cierta paz para alcanzar acuerdos. La evolución de la campaña, el juicio a los líderes independentistas y el resultado final de Vox probablemente marquen las negociaciones posibles. Lo que ayer parecía cerrado, puede abrirse de nuevo ante un escenario diferente. El camino será apasionante a la par que preocupante. Los tiempos de polarización nunca son buenos.    

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