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Black Mirror o la rendición política de la socialdemocracia

Este artículo apareció, en su versión breve y revisada, en El Estado Mental el 30 de septiembre de 2016: https://elestadomental.com/diario/black-mirror-o-la-rendicion-de-la-socialdemocracia

La premiada serie inglesa “Black Mirror” de Charlie Brooker ha resultado ser, más allá de un aporte técnico y artístico de alto nivel en el ámbito audiovisual, una sagaz y terriblemente cercana crítica a los excesos de la sociedad tecnológica y de consumo actual. No en vano, uno de los grupos de rap actual con mayor éxito como los Chikos del Maíz –conocidos por sus agudas letras y sus referencias cinematográficas- acaba de lanzar su último disco titulado “Trap Mirror” en honor a la mencionada serie (1). Su estructura en capítulos de una hora sin conexión entre ellos, permite centrarse y profundizar en un único tema. De esta manera se muestran casos diferentes con estilos también variados sobre una misma tesis: los efectos secundarios de las nuevas tecnologías.

Ya lo advertía Isaac Asimov, padre de la ciencia ficción, cuando criticaba la obra de Orwell (2). Toda producción distópica de calidad no trata solamente de imaginarse o describir una sociedad futura con un toque pesimista. Es justamente a través de dicha descripción y narrativa que el autor debe hacer una feroz y rigurosa crítica de los problemas de la sociedad en la que escribe. La ciencia ficción de calidad tiene la cabeza en otros planetas, pero los pies plantados en la Tierra. En este sentido, uno de los capítulos más famosos de Black Mirror no sólo cumple a la perfección esta regla de Asimov, sino que propone una lectura político-histórica singular. El capítulo “15 millones de méritos” trata, entre muchos otros temas, sobre la lucha entre la opresión capitalista y la resistencia de los trabajadores; concretamente sobre el pacto socialdemócrata o la rendición política que supuso su acomodo en el sistema capitalista que decía combatir.

Esta no es una lectura estrictamente original: el excéntrico filósofo esloveno Slavoj Zizek planteó esta misma cuestión histórica con el caso de Matrix (3). A través de las herramientas marxistas y psicoanalíticas que caracterizan su estudio del material audiovisual, Zizek pone a Neo en el papel de la clase trabajadora que toma conciencia de su situación. El agente Smith encarna el fascismo histórico creado por Matrix, quien resultaría ser la máquina de control/coerción, tanto ideológica como física, del sistema capitalista. Como bien sabemos, la trilogía acaba con un pacto histórico entre Neo, el Oráculo y el Arquitecto (creador de Matrix) por el cual se sigue conservando Matrix pero con ciertas reformas aperturistas (4). La película de los hermanos Wachowski es más un resumen del siglo XX que la película de ciencia ficción con saltos kilométricos y efectos especiales que nos intentan vender. Sin embargo, el capítulo de Black Mirror da para mucho más que esta reflexión que desarrollaremos al final del texto. Como veremos, tiene un contenido político, filosófico y sociológico de hondo calado.

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La trama transcurre en un futuro no tan lejano donde se nos muestran tres clases –en este caso también clases sociales- de personas. Por un lado, la masa de trabajadores que viven aislados en habitaciones futuristas cuyas paredes son pantallas, por lo que viven en una conexión permanente con un dispositivo de ocio con diferentes Apps. Su única actividad y función social es pedalear en bicicletas estáticas durante el día, tal es su trabajo en el sistema. Este grupo social protagonista, encuentra en los diferentes canales -híbridos entre aplicaciones informáticas, televisión y Youtube- una manera de escaparse de la tremenda alienación que padecen con su trabajo aeróbico. Estos canales son controlados por un grupo de tres estrellas televisivas –la clase dominante- completamente apartadas del resto de personas. Tienen la función de aborregamiento, de cohesión social y control del resto de la población mediante una oferta limitada de canales. El canal principal es uno del estilo de America’s Got Talent u Operación Triunfo que sirve como zanahoria al final del palo en la vida de los trabajadores. Cualquiera puede comprar un billete para participar con un coste monetario altísimo, por lo que se convierte en el único objetivo vital posible para la gente, más allá de la bici. Por otro lado, hay un canal erótico estrictamente heteropatriarcal que juega un papel ideológico fundamental. Por último, hay otros más cercanos a los videojuegos o a Youtube que se dedican a demonizar a la tercera clase social. Ester tercer grupo no pedalea debido a su condición física: son outsiders, una infraclase apartada del sistema. Son tachados de gordinflones y su función es recoger los desperdicios de la clase intermedia –pero trabajadora, al fin y al cabo- así como servir de blanco del odio e impotencia de los insiders. Siendo de origen británico, esta serie hace una clara referencia al proceso de demonización de la clase trabajadora precaria y outsider que se ha vuelto un pilar ideológico fundamental desde el thatcherismo en el Reino Unido (5)

El trabajo es tratado en este capítulo desde una óptica original y con referencias a la actualidad. En primer lugar, no existe división del trabajo más que en estas tres clases descritas. Unos pedalean y generan la energía que necesita el sistema para sobrevivir, otros ejercen un control extremadamente ideológico sobre el total mediante el entretenimiento y unos terceros son blanco del odio y recogen y reciclan las externalidades que producen los otros dos grupos. Si bien la historia del ser humano es, de acuerdo con el sociólogo Durkheim, la historia del desarrollo de la división del trabajo, en esta sociedad dicha división se ha simplificado en exceso. En segundo lugar, se hace una inteligente referencia a la tendencia actual del new management de empresas modernas estilo Google a fusionar ocio y trabajo (para en realidad nunca salir de la esfera productiva). Se introduce en el lugar del trabajo -que más se parece a un gimnasio que a una fábrica- unas pantallas individuales donde se pueden consultar estos canales a la vez que se pedalea. Es más que una medida de “mejora laboral” para que el trabajo sea menos duro: se trata de una destrucción de la frontera entre el ocio y el trabajo, de una conquista del espacio del primero por el segundo. Tal y como apunta Baudrillard (6), ya no hay por qué desconectarse del trabajo: el ocio ya no se construye en contraposición al trabajo, deja de ser no-trabajo que nos libera cuando se acaba el tiempo del trabajo. En tercer lugar, se perfecciona la creciente mitificación vacía del cuerpo en las sociedades occidentales materializado en la dictadura del gimnasio, donde la musculación y el culto al cuerpo es un mandato desde los medios de comunicación y la sociedad en general. Trabajo y ejercicio, mano de obra y cuerpo, fábrica y gimnasio, se funden en un solo cometido productivo. Además, a esta brillante fusión se le suma un toque bastante actual sobre el modelo productivo. El trabajo, base de esta sociedad, es estrictamente ecológico ya que emplea -de una manera demasiado parecida a la rueda del hámster- la fuerza de los humanos para generar energía. Como podemos ver, no toda sociedad basada en energías renovables debe ser necesariamente liberadora.

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Esta unidimensionalidad en la vida de las personas las aliena enormemente: es la completa alienación a través del ocio totalizador. No tienen un objetivo en la vida, sólo paliativos como programas de ocio, juegos virtuales, una serie infinita de artículos y complementos para los avatares de cada uno o para las pantallas de las habitaciones, programas eróticos que emplazan muy concretamente el papel de la mujer en un lugar subordinado.

Nos encontramos por lo tanto en una sociedad extremadamente jerarquizada y opresiva. Gracias al panóptico que representan tanto las pantallas en las habitaciones individuales como la red de sistemas de ocio omnipresentes en la ciudad interior en la que viven, no existe realmente una vigilancia o control coercitivo de tipo policial y a la vez éste existe de manera perfeccionada. El control ideológico lo es todo, no hay necesidad de control coercitivo tradicional-policial. Cabe destacar que se produce un adoctrinamiento obligatorio y permanente en el momento en que desde el despertar hasta el acostarse no paran de sucederse anuncios, programas y shows que imponen las normas de la sociedad. Es imposible huir de ellos. De hecho, a modo de ejemplo, saltan anuncios o publicidad al estilo Youtube pero hay que pagar una multa para saltarlos y las pantallas detectan si se están mirando o no (saltan alarmas si no prestas atención).

No obstante, sin el individualismo imperante el edificio ideológico de la sociedad descrita quedaría algo cojo. No existe espacio común más que el del trabajo (pese a que sea un trabajo individual y aislado, comparten una sala) y la comida. De hecho, todo gira en torno al trabajo y a las condiciones de superviviencia y reproducción de la mano de obra, más aún que durante el joven capitalismo y no existe más ocio que el individual. Esta disposición del espacio y la relación de las personas con el trabajo y la vida afectan a las relaciones sociales: el contacto humano es muy torpe, las conversaciones banales. Además, la sexualidad y afectividad está ajaponesada, es decir, en lo público se es extremadamente recatado y se presentan como seres asexuados. En contraposición, en el plano privado las manifestaciones de “sexualidad desviada” como el hentai en Japón o los programas eróticos en el capítulo permiten un escape freudiano ante la opresión. El papel del sexo es totalmente oculto, no se no es presentado más que como un entretenimiento individual. Efectivamente, no sabemos de dónde vienen los niños o si existen familias. Es el perfeccionamiento del dictado thatcherista: no hay clases sociales, sólo individuos. La exacerbación de la ideología individualista la encontramos en el billete del éxito, en esa posibilidad ínfima de participar y ganar en el programa tipo Operación Triunfo con millones de avatares de personas reales como público, como única manera de trascender su monótona vida. Gracias al dinero ganado con el pedaleo, los méritos, se pueden comprar infinidad de cosas inútiles pero también el mencionado billete. Todo se basa en una meritocracia básica de tipo liberal. “Tú puedes trabajar para conseguirlo, tú puedes ser como ellos, en tu capacidad y esfuerzo está el éxito”.

Otro elemento importante de este mundo distópico es sin duda el dinero, llamado de manera paradigmática “méritos”. Se trata de un sistema de créditos virtuales similar a los de cualquier juego de ordenador o a los propios bitcoins. La única manera de conseguirlos es pedaleando, como si de un juego se tratara; y se pierden de todas las maneras posibles. Desde necesidades básicas como la comida o el aseo, hasta baratijas virtuales para el avatar, complementos virtuales para la habitación o estatus Premium en alguno de los canales. En esta hiperfetichización de lo virtual también se produce una hiperfetichización del dinero: la existencia gira en torno a los “méritos”. Ambos elementos están entrelazados. De esta manera, recogiendo a los alemanes Marx y Simmel (7), el valor de cambio lo es todo y el valor de uso se reduce a la nada, ya que no existe la utilidad. La única racionalidad es la instrumental. No hay valor intrínseco en las cosas para satisfacer necesidades sino es a través del intercambio por un precio. Es por ello que en repetidas ocasiones los personajes principales se preguntan, en esta doble fetichización, si existe algo natural o real más allá de los méritos y del confeti. En cualquier caso, este punto no debe sorprendernos demasiado puesto que vivimos actualmente en esta doble fetichización.

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Es en este contexto donde el personaje principal, el joven de clase trabajadora/ciclista Bingham, se enamora de otra joven llamada Aby, a la que regala un billete de ida hacia el éxito y la trascendencia. Ella aprovecha este momento excepcional pensando que va a ser seleccionada como cantante, pero los planes de los jueces-clase dominante es bien diferente: se le plantea la disyuntiva entre la bici o el canal erótico. Narcotizada y forzada por la presión de la masa-audiencia se separa de su vida anterior y se prostituye (léase esto en sentido amplio) a cambio de una promoción social. En consecuencia, Bingham, que había depositado 15 millones de méritos y toda su ilusión en algo natural como es un deseo en un mundo opresivo segador de todo brote creativo y de naturalidad, decide recorrer el mismo camino meritocrático y pedalear hasta volver a comprar otro billete para –pensamos nosotros- volver a verla. Esta cuestión, la necesidad de explicar una situación histórica, un gran acontecimiento o una sociedad entera (en resumen, algo Histórico que trasciende de lo humano) a través de algo tan banal y cercano como es una historia (en minúscula) de amor, es algo que apunta también Zizek en “Arte, Ideología y Capitalismo”. En sus propias palabras se trata de una “reelaboración desde las coordenadas de un drama familiar (relación de pareja) de un conflicto que enfrenta grandes fuerzas sociales”(8), de una edulcoración de toda esta información para fomentar la comprensión y empatía en el público (pensemos en Titanic). Zizek señala además que dicho elemento que está presente en la casi totalidad de películas no se trata de una herramienta –heteronormativa- exclusiva de la empresa que es Hollywood sino que está presente también en algo tan diferente como el realismo soviético.

Volviendo a la narrativa del capítulo, en un ataque de ira al ver a Aby en el canal erótico, Bingham destroza la pantalla de su cuarto y consigue un fragmento de cristal que utilizará como arma en el momento de su prueba en el concurso. Cabe destacar que no existe sistema de represión física alguno, por lo que ese simple fragmento de cristal es un arma poderosa en una sociedad sin policía. Delante del público –la totalidad de la sociedad- y de los propios jueces, Bingham se para en seco, blande el cristal afilado y se produce un momento de genialidad del guion. En vez de tomar un rehén o abalanzarse sobre los jueces para acabar así con la personificación de la opresión del sistema, en vez de atajar el problema de raíz y crear un “momento revolucionario” de incertidumbre, en vez de apuntar al enemigo, apunta a su cuello y amenaza con quitarse la vida. Educados en la soledad e individualismo más absoluto, los habitantes de esta sociedad no sólo se relacionan torpemente unos con otros y viven en la más honda indiferencia. Son incapaces de concebir a los demás individuos como algo más que unos avatares o personajes televisivos. Además, la elección de mutilarse en vez de atacar aporta un toque oportunamente psicoanalítico, similar a lo que describe Franz Fannon (9) sobre el extraño comportamiento del ser colonizado. En vez de dirigir su odio hacia el colono, las primeras manifestaciones violentas son entre tribus, entre ellos mismos. Tras siglos de colonialismo y esclavismo donde se sacralizaba la imagen del colono y se apartaba tajantemente del sujeto colonizado (la esencia básica del Apartheid), el sujeto oprimido no concibe la profanación de la vida del colono, hasta que necesariamente todo lo sólido se desvanece en el aire.

Es en ese momento en el que el personaje principal aprovecha esta fisura en el sistema para denunciarlo, criticarlo y mostrar la cruda realidad a una audiencia expectante. Su proclama encendida enumera todos los mecanismos de control y de opresión y señala directamente a los jueces –la clase dominante- como los culpables de este sistema. Por primera vez, se escucha un discurso natural y sincero, alejado de la mediatización y de la showificación. Por primera vez, se escucha el discurso de esta clase en los medios oficiales, que, pese a no ser propositivo, es radical y muy crítico. Los jueces responden en un primer momento con un silencio cómplice cual oficial nazi en los juicios de Núremberg. Sin embargo, en un segundo momento se convierte en una confesión hipócrita en la que se aplaude la valentía y sinceridad de Bingham, se critica superficialmente el sistema imperante a la vez que se justifica y se hace una propuesta al sujeto que ha desvelado la crueldad y opresión. Este es otro momento del capítulo en el que el guionista hace gala de una sagacidad y originalidad asombrosas. El jurado propone al peligroso disidente un espacio en un canal (con el ascenso social y comodidades que ello implica) donde descargar su ira. Al fin y al cabo, es eso o la bici. Tratan de cooptar a la oposición, de descabezar una posible rebelión. Bingham, el personaje principal, sorprendentemente acepta y abandona el momento revolucionario, su discurso disidente, por un acomodo razonable en el sistema.

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A lo largo del siglo XIX se fue instalando en Europa, a base de expoliación colonialista en el exterior y de éxodo rural forzado y acumulación primitiva en el interior (10), un sistema de producción capitalista donde se fetichiza por primera vez el poder del dinero y de las tecnologías. Este sistema va separando a los seres humanos en dos clases bien diferenciadas: los propietarios y los desposeídos; la burguesía y la clase trabajadora. Unos poseedores de los medios de producción y con acceso al aparato de control estatal e ideológico, y otros desposeídos de todo salvo de su fuerza de trabajo. Toda acción conlleva su reacción; la respuesta a la opresión, hacinamiento y enajenación de toda una clase, así como a la persecución de la disidencia, no tardó en llegar en manos de los primeros movimientos socialistas y socialdemócratas (11). Éstos fueron adquiriendo mucho poder, concienciando a las masas de la verdadera realidad capitalista y organizándolas para transformar el sistema en su interés –el interés mayoritario. Adquirieron tantísimo poder a través del movimiento obrero y de los sindicatos que produjeron, en vísperas de la Primera Guerra Mundial, una serie de cambios de calado histórico como los sistemas electorales proporcionales, el sufragio “universal” (masculino, claro), los primeros brotes del sistema de bienestar (12)…

En vísperas de la enésima (pero cualitativamente diferente) demostración de la destrucción capitalista se produce una oferta similar a la de 15 millones de méritos. Las élites proponen: los partidos socialdemócratas pueden presentarse a las elecciones, tener presencia parlamentaria y legalizarse. A cambio, deben rechazar cualquier acción revolucionaria o insurreccional, deben dejar de ser opositores y deben, en definitiva, dejar de lado cualquier intento de cambio del sistema aceptando las reglas de este. Nunca el dilema de Rosa Luxemburgo -reforma o revolución- estuvo tan claramente planteado. La deriva ideológica desde la II Internacional o las causas de esta rendición política pesan mucho en esta decisión, pero no tienen cabida en la brevedad de este artículo. Como Bingham, la socialdemocracia renunció a todo planteamiento revolucionario a cambio de un acomodo, de una cuota de poder en el sistema que no significara una oposición rupturista o una voluntad de transformación de éste. Posteriormente, tras el thatcherismo, renunció hasta de lo poco que la diferenciaba de los partidos tradicionales elitistas.

En un momento como el actual, donde se vuelve a hablar –aunque tímidamente- de reforma o ruptura de los sistemas de partidos, de las lógicas institucionales, de los sistemas políticos enteros, a la vez que el viejo concepto de socialdemocracia vuelve a saltar a la palestra, conviene recordar esta lección histórica inteligentemente condensada en los cincuentaypico minutos que dura el capítulo. La cooptación de las élites opositoras (soberanistas, rupturistas, populistas, como se quieran llamar) por un sistema dado significa un acomodo únicamente para estas élites; significa que unos pocos se acomodan, pero el resto seguimos pedaleando. Cabe recordar las sabias palabras del periodista Owen Jones: “asciende con tu clase, no sobre ella” (13).


(1) Díaz, Facu. (13 de mayo de 2016). “Los Chikos del Maíz: “Si ‘Trap Mirror’ se queda corto, será buena señal”. Diario Público. Véase: http://www.publico.es/culturas/chikos-del-maiz-trap-mirror.html

(2) Asimov, Isaac. (2014). Asimov on Science Fiction. Véase el texto en español en: https://diegozpy.wordpress.com/2014/01/03/isaac-asimov-sobre-la-novela-1984-de-george-orwel/

(3) Zizek, Slavoj. “The Matrix o las dos Caras de la Perversión”, Acción Paralela #5. Véase: http://www.accpar.org/numero5/matrix.htm

(4) Oliván, Fidel. (2014). “Matrix y Neo: un metarrelato del sujeto histórico y su relación con el gran otro lacaniano”, Ssociólogos. Véase: http://ssociologos.com/2014/11/11/matrix-y-neo-un-metarrelato-del-sujeto-historico-y-su-relacion-con-el-gran-otro-lacaniano/

(5) Jones, Owen. (2012) La demonización de la clase obrera. Capitán Swing. Un par de reseñas: Aller, Jesús. (11 de enero de 2014). Rebelión. Véase: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=179307 Y Rendueles, César. (2013). Teknocultura. Vol. 10 Núm. 2:489-292. Disponible en: https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/5372383.pdf

(6) Sánchez Bravo, Eugenio. (7 de diciembre de 2009). “Jean Baudrillard: La sociedad de consumo”. Aula de Filosofía. Véase: https://auladefilosofia.net/2009/12/07/jean-baudrillard-la-sociedad-de-consumo/

(7) Marx, Karl. (1847). “Oposición entre el valor de uso y el valor de cambio”, en Miseria de la Filosofía. Véase: https://www.marxists.org/espanol/m-e/1847/miseria/004.htm Y Simmel, Georg. (1903). “La metrópolis y la vida mental”. En Revista Bifurcaciones, Núm. Primavera 2005. Véase: http://www.bifurcaciones.cl/004/bifurcaciones_004_reserva.pdf

(8) Zizek, Slavoj, Alemán, Jorge y Rendueles, César (17 de octubre de 2007). “Arte, Ideología y Capitalismo”, en Círculo de Bellas Artes de Madrid. Disponible en: https://cideargumentaciones.files.wordpress.com/2012/06/zizek-slavoj-arte-ideologia-y-capitalismo-ocr.pdf

(9) Fannon, Franz. (1961). “La violencia (cap.1)” y “la Guerra Colonial y trastornos mentales”, en Los condenados de la Tierra. Disponible en: http://matxingunea.org/media/pdf/Fanon_Los_condenados_de_la_tierra_def_web_2.pdf

(10) Marx, Karl. (1860). “Capítulo XXIV: La llamada acumulación originaria.”, en El Capital. Véase: https://www.marxists.org/espanol/m-e/1860s/eccx86s.htm Véase también el estupendo programa de filosofía de la televisión argentina Filosofía Aquí y Ahora, Encuentro nº 10 “El Capital”: https://www.youtube.com/watch?v=NvpSm6YkyHo

(11) Thompson, Edward Palmer. (2012) Formación de la clase obrera en Inglaterra. Capitán Swing. Véase el prefacio del autor en:http://www.cholonautas.edu.pe/modulo/upload/Thompson Prefacio.pdf

(12) Przeworski, Adam. (2010). “Capítulo II: Breve historia de las instituciones representativas”, en Qué esperar de la democracia. Límites y posibilidades del autogobierno, Buenos Aires: Siglo XXI.

(13) Jones, Owen. (2012) La demonización de la clase obrera. Capitán Swing.

Fidel Oliván Navarro

Fidel Oliván Navarro

(Zaragoza, 1993). Estudiante de Ciencias Políticas y Sociología en la Universidad Carlos III de Madrid y en la Universidad de Buenos Aires. Trabajo en una radio comunitaria y como becario en la UC3M.

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