/

Bernie Sanders ¿Un socialista en la Casa Blanca?

La conocida frase de uno de los enemigos acérrimos de Estados Unidos, el Che Guevara, parece retumbar en estas primarias presidenciales: “Seamos realistas, soñemos lo imposible”. Bernie Sanders, candidato a la presidencia por el Partido Demócrata, es la gran sorpresa de esta convocatoria electoral. Se define como socialista democrático –más insulto que alabanza en Estados Unidos-, propone cosas como la sanidad universal, la enseñanza universitaria gratuita o la reforma de la financiación de los partidos y… le pisa los talones a la candidata rival Hillary Clinton. En otras palabras, es un completo iconoclasta, un fenómeno paranormal en la política estadounidense que parece calar en un ambiente de estancamiento económico y poca imaginación política. No sorprende, por lo tanto, que abandere la batalla contra la especulación de Wall Street en su carrera electoral y se aparte de la casta política de su país.

Sanders, el septuagenario senador por el estado de Vermont –mayoritariamente blanco, rural y de izquierdas- tiene un historial de activista político y social que choca frontalmente con lo visto, vivido y votado en el Senado y el Congreso. De hecho, es el único representante independiente desde hace 40 años en las cámaras. La izquierda estadounidense ha tenido históricamente muchos problemas para sortear el entramado omnipotente del Partido Demócrata. El Partido Comunista –sí, existió y fue muy perseguido- y el Partido Socialista tuvieron más influencia en ámbitos sindicales o académicos que políticos o representativos. Su trayectoria activista comienza con la lucha contra la guerra de Vietnam y por los derechos civiles en los 70 –un punto a su favor para las minorías- y llega hasta la oposición a las Guerras del Golfo e Irak, así como la Patriot Act de Bush hijo. Pero su fama también es política, puesto que consiguió ser alcalde de la mayor ciudad de Vermont en los 80, congresista en los 90 y senador en 2006.

Sus propuestas pueden parecer familiares en el ámbito europeo pero al otro lado del charco se consideran iniciativas radicales y rupturistas. Rompe incluso con las prácticas poco progresistas del Partido Demócrata- que muchos denominan como el Partido Republicano moderado- encarnadas en Hillary Clinton. Estas medidas, apoyadas por varios intelectuales y personalidades como Michael Moore, Naomi Klein o Noam Chomsky, giran en torno a la recuperación del Estado de Bienestar –al estilo New Deal- que nunca se llegó a implantar del todo en Estados Unidos. La medida más sonada es sin duda separar el dinero de la política. Con esta simple sentencia pretende poner freno a la inconmensurable cantidad de dinero privado con el que “accionistas” millonarios financian las campañas electorales. Y es que quien paga, manda.

Bernie Sanders lo sabe muy bien y, con esta propuesta estrella gestada en el movimiento Occupy Wall Street –su peculiar 15-M- pretende separarse de la casta política y de su manera elitista y sesgada de entender la democracia. Siguiendo esta lógica, otra de las sorpresas de su candidatura es que, renegando del modelo tradicional de financiación, Sanders se apoya sobre una multitud de microdonaciones cuya aportación media es de 34$. Esta democratización de la financiación, no sólo exitosa económicamente ya que ha recibido el mayor número de donaciones individuales de todos los candidatos, es también un triunfo político en un país harto de los abusos del 1% más rico. El senador de Vermont pone el foco en un problema social central en su sociedad: el hecho de estar empleado en Estados Unidos no es garantía de una integración en la sociedad, estabilidad laboral o vida digna. Esto es algo que nos avisaban desde hace unos años en España, donde compartimos esta cuestión.

No obstante, tenemos que cambiar de lentes cuando miramos la política estadounidense. El diseño, tanto del sistema electoral como de los partidos, parece orientado a proteger elementos elitistas y conservadores y a evitar radicalismos y populismos. Por ejemplo, para votar hay que registrarse -lo que requiere tiempo e interés- provocando de esta manera una baja participación entre los menos interesados por la política (los de origen más humilde y menor educación). A esto se suma que las convocatorias electorales son en días laborales. El resultado es una bajísima participación -y por ende representación- de las clases trabajadoras, históricamente ignoradas, que ven en Sanders el único líder que les menciona y les tiene en cuenta.

Por otro lado, también quiere poner un punto final a la política de masificación y mercantilización de las cárceles o acabar con las pesadas cargas de las tasas universitarias que rondan las cinco cifras. Muchos críticos señalan que su plan económico-social necesitaría de unos fondos que no existen. A esto les responde, con un discurso que nos será familiar, que el dinero hay que ir a buscarlo a las grandes empresas y lobbys de Wall Street que evaden impuestos.

El pluriempleo, los salarios miserables y la nula cobertura sanitaria son atajados mediante el salario mínimo y la apuesta por los jóvenes por parte de Sanders. De hecho, el candidato, pese a tener dificultades de apoyo en las minorías latina y afroamericana, triunfa de manera aplastante en la juventud Demócrata. El periodista inglés de moda, Owen Jones, apunta que es un dato muy llamativo que comparte con los nuevos movimientos rupturistas de izquierda como Corbyn en Reino Unido, Syriza en Grecia o Podemos en nuestro país. La juventud, como uno de los colectivos más afectados por la crisis y con peores expectativas, parece que afronta el presente e impulsa candidatos “del cambio”.

La sorpresa ya se ha producido aunque muchos no salgamos de nuestro asombro: Sanders ha aplastado a Clinton en New Hampshire y ha perdido por unas décimas en Iowa. Sin embargo, este pasado sábado el caucus demócrata de Nevada frenó sus expectativas al perder, por tan sólo 4 puntos porcentuales frente a Clinton.

Una vez más fue hegemónico entre el voto joven… pero sorprendió el gran apoyo recibido por los latinos, muy numerosos en el Estado. Se avecinan contiendas más peligrosas como los Estados sureños, por su diversidad racial. Ahora queda la carrera de fondo. Es en esta lucha de desgaste donde los hándicaps y contras del candidato pueden hacerle más daño. Es el primer candidato judío en un país muy cristiano, tiene muchos enemigos en el Partido Demócrata y se tiene que enfrentar a un Congreso de mayoría republicana. Además el colectivo afroamericano Black Lives Matter, que está a la cabeza de la lucha contra los abusos policiales a la comunidad negra, le increpó en un discurso a causa de la focalización en su discurso sólo en las desigualdades económicas y menospreciando las raciales. Sin embargo, sigue siendo el único candidato que visibiliza los masivos asesinatos y abusos hacia los jóvenes negros por parte de la policía.

En definitiva, la grieta en el establishment está hecha y Sanders aparece como un serio contrincante de Hillary Clinton en el bando demócrata, pese a que paradójicamente ella cuente con el apoyo de los sindicatos estadounidenses. Su radicalismo es a la vez su punto fuerte -al recoger las emergentes demandas de justicia social y económica en la sociedad estadounidense-, y su punto débil, con la firme oposición de los poderes económicos y políticos fácticos, que controlan el proceso político. Además, es muy complicado instaurar un programa de Estado de Bienestar en una sociedad culturalmente meritocrática y liberal e institucionalmente amoldada a la austeridad reaganista. Sin embargo, las primeras encuestas no le daban más de 10% frente a los 60% de Clinton y ahora está a 27/48% y subiendo. El mero hecho de que sea candidato ya es un logro, veremos si como hemos planteado al principio, la realidad permitirá la imposibilidad.

Fidel Oliván Navarro

Fidel Oliván Navarro

(Zaragoza, 1993). Estudiante de Ciencias Políticas y Sociología en la Universidad Carlos III de Madrid y en la Universidad de Buenos Aires. Trabajo en una radio comunitaria y como becario en la UC3M.

Más