TodЛs somos políticЛs. TodЛs hacemos política.

Este artículo apareció inicialmente en el periódico Bez en el que colaboramos en dos tandas: "Bajo los adoquines, ¿Le Pen?" el 5 de abril de 2017 y "¿Por qué votan los obreros al Frente Nacional?" el 6 de abril de 2017. Esta es la versión extensa de dichos artículos originales.

¿Arde París? En los Elíseos, en el panorama partidista nacional y sobre todo en las banlieues. Como una suerte de profecía autocumplida la periferia de París se rebela cada menos de diez años contra el centro, aunque siendo más precisos, lo haga contra las fuerzas del orden que envía el centro. En el plano político, Marine Le Pen aparece como ganadora de la primera vuelta de las presidenciales pero lo que es más llamativo como ganadora entre los votantes obreros. Además, el Partido Socialista (PS) tras elegir al candidato menos oficialista Hamon frente al Primer Ministro Manuel Valls, alcanza sus resultados mínimos desde su creación. El histórico Partido Comunista Francés (PCF, incluido dentro de Francia Insumisa con Mélenchon a la cabeza) continúa con su declive electoral e ideológico desaprovechando de esta manera la oportunidad de canalizar el voto de protesta y evitar que caiga en manos xenófobas, en un sistema político que es cada vez menos bipartidista, pese a las enseñanzas clásicas de Duverger.

Esta rápida radiografía se encaja perfectamente dentro de las tendencias que se vienen dando en Francia desde las últimas décadas. Se trata del fracaso de remodelación de la izquierda a la izquierda del PS, quien pese a ser partido de gobierno se ha ido desinflando programática y electoralmente hasta unos mínimos históricos frente a una ultraderecha populista que no para de crecer. En el siguiente gráfico tenemos la foto de los corredores del Elíseo donde podemos comprobar tanto la tendencia como la posición en la que se encuentra cada uno. La lideresa del Frente Nacional (FN) Marine Le Pen se encuentra en un primer puesto discutido con Macron rondando el 27% en la primera vuelta. Recordemos que el sistema electoral francés en el caso de las elecciones presidenciales se hace una segunda vuelta en el caso de que ninguno de los candidatos obtenga la mayoría absoluta, otorgándonos fenómenos característicos como la dispersión del voto en la primera vuelta y la concentración y moderación en la segunda. Además, proporciona el efecto cortafuegos en esta segunda vuelta frente a partidos no tradicionales, favoreciendo la opción moderada; en el pasado esto afectó al PCF, en los últimos años al FN.

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El voto obrero a Le Pen

Sin embargo, a ojos de un analista electoral que se preocupe del por qué y no del qué, estas no deben de ser las primicias de estas elecciones. Basta con echar un vistazo a este segundo gráfico donde se desgrana el porcentaje de voto a cada candidato por cada categoría socioeconómica, pero ojo, solo de la gente que tiene claro que va a ir a votar. Le Pen es la favorita entre los agricultores (35%) y los profesionales independientes (29%), algo poco sorprendente ya que se trata de las clases medias conservadoras que en tiempos de crisis y de agudización de tensiones culturales han tenido un giro hacia el nacional-populismo actual o el fascismo histórico. Pero el dato, el hecho de gran calado es que ha conseguido penetrar entre los asalariados, en el feudo de la izquierda… desde el otro lado del tablero ideológico. Ha conseguido unas espeluznantes mayorías entre los empleados (35%), los obreros (44%) y los inactivos (29%), colectivos que han apoyado a lo largo del siglo XX a los partidos socialdemócratas y comunistas de forma masiva. Recordemos, sin embargo, que la abstención es el primer partido en todas las categorías socioprofesionales.

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Hasta estas últimas encuestas no se tenía del todo claro la preponderancia del Frente Nacional entre los obreros y asalariados precarios más allá de las recurrentes acusaciones clasistas hacia la left behind (la vieja clase obrera blanca olvidada por los partidos de izquierda) por votar a las opciones populistas. Han venido a confirmar a Marine Le Pen no sólo le votan en las zonas rurales (ver mapa aquí debajo de las elecciones regionales de 2015), pese a que este sea el grupo (agricultores) más abstencionista de la encuesta, con más del 50% de abstención.

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También le vota un electorado que a priori no le pertenece. Antes de entrar de lleno en este tema, volvamos al gráfico de las categorías socioprofesionales. De acuerdo con Martial Foucault, el director de la entidad que lo ha elaborado, estos resultados transgreden el clivaje tradicional izquierda-derecha atribuido a las categorías socioprofesionales. De acuerdo con la teoría tradicional del voto de clase, de una manera rudimentaria pero empírica se lleva comprobando que los más pobres, obreros y asalariados votan más a la izquierda que los más ricos y propietarios, quienes votan más a la derecha. Pese a que esta teoría siga siendo muy fuerte parece que se ha transformado mucho, sobre todo si se tiene en cuenta el progresivo desapego de los partidos de izquierda con su electorado tradicional. En el caso francés, en el 2002 el 40% de los obreros y empleados que votaban votaba a partidos de izquierda y 15 años después este se ha reducido a menos del 30%, o sea, 16% del total de los obreros. Más arriba en la escala socioeconómica, podemos constatar el efecto contrario a lo esperado de acuerdo con el voto de clase: los cuadros superiores e intermedios son los grupos que más votan a la izquierda.

Como ya anotábamos más arriba, la opción ganadora en todas las categorías socioprofesionales no es el Frente Nacional, sino quedarse en casa, la abstención. Ésta afecta principalmente a los agricultores (más de la mitad) y entre obreros y precarios (más del 40%). No nos vamos a parar sobre este interesante tema, que tendría que ser analizado en su dimensión territorial y sobre todo estableciendo un modelo que refleje mejor la desigualdad existente.

¿Por qué los obreros votan al Frente Nacional?

Volviendo al quid de la cuestión, lo verdaderamente impactante no es la posición de Le Pen en las encuestas, sino que ésta se base principalmente en los obreros. Desde los años 90, el voto obrero al FN no ha parado de subir del 17% en 1988 hasta alcanzar el 30% en el 2012 y el 44% hoy. Las explicaciones no han tardado en acudir, gracias al análisis comparado de los casos europeos. Oesch propone tres conocidas hipótesis. En primer lugar, la ya manida y refutada competencia de la fuerza de trabajo local con la emigración en el mercado de trabajo. Esta competencia se efectuaría mediante una presión salarial a la baja (los inmigrantes trabajan por sueldos más bajos) pero también a causa de la priorización de las ayudas del Estado de Bienestar para los inmigrantes. Pero claro, para que esto tiene que existir un Estado de Bienestar real, o al menos un modelo de prestaciones que permitan la competencia. Por ello esta explicación puede tener poder explicativo parcialmente en Gran Bretaña, pero nada en España, Italia o Francia. Una segunda hipótesis, esta cultural, es el sentimiento de amenaza a la identidad y unidad del país. Se da efectivamente en países donde existe una gran presencia de mano de obra extranjera que se instala indefinidamente (a diferencia de España, donde es más móvil y donde no hemos adoptado sentimientos racistas fuertes debido a que no estamos del todo acostumbrados). Esta población, más por inacción gubernamental que por voluntad, se ghettifica y se territorializa en antiguos barrios obreros (las banlieues en el caso francés). Por último, se propone una explicación social basada en la alienación política de la clase obrera que debido al debilitamiento de las lealtades tradicionales y al “olvido” de sus partidos genera una insatisfacción y apatía con la democracia. Aquí es donde entraría la gran abstención entre las clases populares francesas.

Otra interesante teoría que está de moda últimamente es la de los perdedores de la globalización. Esta expresión se ha malinterpretado dando a entender que estructuras sociales muy diferentes con dinámicas muy dispares pueden compararse y, por ejemplo, explicar el voto a Trump con cánones europeos. Según esta teoría, serían los sectores más castigados por la globalización (parados y trabajadores no cualificados, no tanto como los obreros insiders) los que se supone que formarían la base de apoyos de Le Pen. Sin embargo, de acuerdo con Casals, no constituyen de inmediato una clientela privilegiada. De hecho, estos sectores son principalmente apáticos. El Frente Nacional se nutriría más bien de la gente que ve su estatus amenazado, es decir, los que tienen algo que perder. Así se ve demostrado en el 2012 donde triunfó mucho más entre los no precarios (37%) que entre los precarios (23%). Siguiendo a Casals, el porqué del voto obrero al partido nacional-populista no se debe tanto a las hipótesis planteadas o a un giro ideológico sino a un ajuste entre oferta y demanda que denomina “realineamiento lento y con matices”. Los obreros son hoy principalmente abstencionistas, por lo que el Frente Nacional se nutre principalmente de obreros con valores de derecha o que se han abstenido, y no tanto de antiguos obreros votantes de izquierda.

Tras sus primeros éxitos electorales, se produjo su implantación territorial y se constituyó su base de apoyo: no basta con tener las buenas condiciones subjetivas, también hay que hacer “trabajo político”. Este es un error típico mecanicista: considerar que la crisis económica conlleva automáticamente el ascenso de la extrema derecha a lo República de Weimar. Europa nos deja contraejemplos que dan la vuelta completamente a esta tesis (los PIGS rescatados con escasa extrema derecha y los países más ricos como Gran Bretaña, Francia, Dinamarca o Austria con una extrema derecha muy importante).

Por ello, no todo han sido “realineamientos políticos pasivos”, el FN ha tomado estrategias y decisiones acertadas. Entre ellos el discurso unido al “proyecto” en sí, como piezas que faltaban en el rompecabezas de la política francesa para que un partido como este se desarrollara de esta manera. De acuerdo con Targuieff, el Frente Nacional encarna un nacional-populismo, esto es, la apelación al sujeto popular en su dimensión nacional, como un todo homogéneo, unido y con una identidad permanente. Evidentemente, cualquier análisis o división de clases es irrelevante en esta visión, tratándose tanto la “nación” como el “pueblo” de lo que O’Donnell denomina mediaciones, cuya función es engarzar el Estado con la sociedad ignorando los clivajes de clase. Diferenciándose de un “populismo de izquierdas”, no se trata de confrontar el pueblo a “los de arriba” sino a “los de enfrente”. En este caso, se subordina el antielitismo a la xenofobia. Otro punto importante de su discurso/proyecto es la antiglobalización, oponer la identidad nacional al establishment extranjero o extranjerizado. He aquí un pequeño aporte social que conlleva la antiglobalización: están en contra de los inmigrantes, pero también de las deslocalizaciones, de la pérdida de soberanía frente a la UE…

Como el periodista Owen Jones indica (1), si la cuestión de clase es olvidada por la izquierda y la socialdemocracia estilo tercera vía blairista actual, no es de extrañar que los obreros olvidados, la left-behind, se giren hacia partidos que, aunque sean de extrema derecha, sí que incluyan este lenguaje directo y sincero. Al PCF se le votaba porque era la voz de los excluidos del sistema económico y político. Hoy, en Francia se dice que Le Pen se ha apropiado del discurso del líder comunista de los 80 George Marchais(2), solo que, olvidando su faceta solidaria, anti-odio y anti-rupturista. Sin ir muy lejos, el líder del partido de extrema derecha Finlandeses Auténticos definió su partido como “de clase obrera sin socialismo”, o la propia Le Pen definió su proyecto como “lo social sin el socialismo”. La izquierda actual, multicultural y políticamente correcta, no se dirige al pueblo, no trata de frente temas como la inmigración, el orden y lo nacional; más allá de adoptar el discurso políticamente correcto liberal, sólo los evita. A esto hay que unir la disolución de la comunidad obrera, del mundo sindical, de los medios, cultura y lucha obrera como canales de comunicación hoy ausentes entre partidos de izquierda y las clases trabajadoras.

Conclusión

Queda por indagar el papel de la mujer dentro del Frente Nacional, tanto como votantes como lideresas, pero Casals nos lanza un par de datos fundamentales. Se suele decir que el fenómeno de la extrema derecha es “la revuelta del hombre blanco” y su rol tradicional, pero el caso del FN, cuya lideresa es activa, fuerte y moderna, parece bien diferente. Tiene mucho apoyo femenino, reflejo de la propia sociedad francesa donde el mercado laboral femenino es más precario que los obreros hombres insiders. Se crea por lo tanto la siguiente paradoja: Le Pen tiene mejores resultados en los hombres con trabajo manual cualificado y en las mujeres con trabajo no cualificado.

En definitiva, de acuerdo con los últimos sondeos y análisis, el apoyo electoral obrero del Frente Nacional se ha consolidado, a la vez que se registran una abstención y una desafección por los partidos tradicionales históricos. Dicho apoyo viene dado por una serie de elementos que van desde el abandono de los partidos de izquierda tradicionales de los intereses e issues propias de esta clase social, hasta el bombardeo mediático xenófobo, las correctas estrategias y movimientos del FN. No obstante, sirva como reflexión final la del periodista Yann Barthes que califica estas elecciones y esta era política como la era del “Me importa un bledo”. Una era marcada por la desfachatez y falta de altura de los candidatos: Macron por no presentar programa alguno, Mélenchon y Hamon por no entenderse y no pactar y Fillon y Le Pen por tener varios temas pendientes con la justicia. Y mientras tanto, arde París.


(1) Jones, Owen. 2012. Chavs: The demonization of working class. London: verso.

(2) Le Pen, Marine. 2012.Pour que vive la France. París: Grancher, pp. 145-146