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Uno de los accesos más inmediatos al concepto de arte puede encontrarse en el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, en cuya segunda acepción se define arte de la siguiente manera:

«Manifestación de la actividad humana mediante la cual se expresa una visión personal y desinteresada que interpreta lo real o imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros».

De la misma manera, se encuentra otra categorización directamente en la red, concretamente en Wikipedia; si bien es cierto que esta fuente carece de rigor científico, es cuando menos interesante mencionarlo para llevar a cabo una aproximación al concepto más popularizado:

«El arte es entendido generalmente como cualquier actividad o producto realizado por el ser humano con una finalidad estética o comunicativa mediante la cual se expresan ideas, emociones o, en general, una visión del mundo mediante diversos recursos como los plásticos, sonoros o mixtos. El arte es un componente de la cultura, reflejando en su concepción los sustratos económicos y sociales y la transmisión de ideas y valores inherentes a cualquier cultura humana a lo largo del espacio y el tiempo».

Lo más destacable de estas definiciones es el carácter subjetivo y de interpretación propia, individual y particular que le atribuyen al concepto en sí, además de su trato como mera mercancía –producto– (acumulable o comunicativa), es decir como algo concreto, físico, perteneciente al ámbito de lo interpretativo, de lo privado, mostrándose de esa manera al público y su opinión.

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Photo by Timon Klauser / Unsplash

Sin embargo, existen numerosas teorías que no avalan esta popularizada definición: Adolfo Sánchez Vázquez (Sánchez, 2005: 13-18), en su análisis marxista de la estética, establece la cultura –y por ende el arte– como parte de la superestructura, en el que juega un papel determinante no sólo la producción material y la reproducción cultural sino también su componente ideológico.

La idea hegemónica de que el arte es un mero hecho subjetivo que reproduce una visión particular de la realidad decae en cierta manera teniendo en cuenta las premisas anteriores. Además, centrándonos en su conceptualización y categorización en la reproducción cultural y la concepción del arte como producto, se encuentra que para autores como Walter Benjamin (2008: 11-17) el arte encuentra el súmmum de su perpetuidad en el marco histórico en el que aparece la imprenta y el avance técnico en la tarea de reproducción física de materiales. En este sentido, lo reflejado en la obra puede ser reproducido hasta ser popularizado y alcanzado por todo el espectro del público.

Ahora bien, todo lo expuesto anteriormente puede suscitar una pregunta: ¿es todo esto lo que ayuda a perpetuar ciertos modelos sistémicos y cierto tipo de relaciones de poder?

Indagando en las premisas propuestas por el materialismo histórico (Marx y Engels, 1975: 25), se puede deducir que los modos de producción de la vida material condicionan, en general, el proceso social, político y espiritual de la historia. En este sentido, dicho modelo de producción está construido en torno a varias formas de transformación, la primera de ellas material –como, por ejemplo, la economía– y la segunda ideológica –la filosofía entre otras.

Por ende, cabe cuestionarse el papel de la cultura en esta amalgama de modificaciones. Así, dichos autores la toman como superestructura, es decir, ésta no se hunde cuando la estructura económica falla sino que, por el contrario, se mantiene constante; por tanto, la producción de ideas y sus representaciones están directamente relacionadas con la actividad material y las relaciones materiales de las personas.

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Photo by Debby Hudson / Unsplash

Para estos autores no es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia, es decir, no son las ideas como tal quienes crean otras ideas ni, en materia de arte, son las formas artísticas la que crean nuevas formas artísticas (Marx y Engels, 1975: 30); antes bien, son los cambios en las condiciones materiales las que determinan dichas modificaciones o transformaciones, ocurriendo de la misma manera en torno a la estética.

A modo de ejemplo, es conocida la diferenciación terminológica y categórica entre el Hombre universal y los hombres reales en filosofía, partiendo de la existencia dicotómica entre lo que ha de ser y lo que es, mientras que el pensamiento filosófico sigue siendo producido por esos mismos hombres reales. Si ello es aplicado al arte, es de fácil comprobación que no es una categoría universal ya que son los propios sujetos (los hombres reales) quienes lo producen en su cotidianeidad y con sus determinadas condiciones materiales.

Aquí entra en juego el concepto de la sociedad de clases (Marx y Engels, 1975: 28), cuyo pilar principal es la existencia de intereses de dominación por parte de una clase concreta y poderosa, siendo ésta la potencia material y espiritual dominante. Si dicha clase posee no sólo los medios de producción material sino también los de producción intelectual (o inmaterial), el resultado de esta ecuación no puede llevar más que a la deducción de que las ideas de los que no los poseen acaban sometiéndose.

El proceso de sumisión anteriormente descrito no es innato sino que se realiza a través de la asunción individual de las ideas dominantes como propias, desvinculándose de las ideas de la clase dominante y creándose un imaginario colectivo compuesto por valores universales. Recuperando la terminología filosófica, son los hombres reales los que piensan en un Hombre universal abstracto y dotado de valores idílicos e ideales que son compartidos por todos ellos, encontrándose aquí las razones por las que ciertas definiciones categóricas propuestas en anteriores párrafos son universalizadas.

Ahora bien, ¿qué ocurre con las representaciones artísticas en este juego de poder? Como se viene perfilando, la vertiente ideológica es vital para la comprensión de todo lo anterior; en este sentido, la reproducción cultural artística hace referencia a lo formal, es decir, a la representación per se, a la estética, a lo mostrado.

La iconografía en toda obra artística no es casual ni imaginativa o particular sino que responde a ciertos patrones culturales establecidos por intereses emanados de la clase dominante que, al ser asumidos como propios de manera individualizada, no hacen sino perpetuarse en cada nueva producción (Zizek, Alemán y Rendueles, 2008: 11-40); Resultando difundidos, por tanto, como lo universal, lo correcto o idílico, el comportamiento deseado o lo más común en una sociedad ideológicamente estructurada. El sentido artístico evoluciona al producirse una objetivación (o universalización) del ente humano, socializándose una concepción única del mismo y de su naturaleza.

Tomando los conceptos propuestos, ¿qué ocurre cuando se analiza desde una perspectiva de género? Procediendo con la temática de la producción cultural y artística, al conjunto de las mujeres se le ha negado hasta el derecho de ser observadora, lectora, oyente o espectadora, ya que las formas de creación responden a patrones relacionados con las estigmatizaciones del rol masculino ya sea tanto para el consumo como para la representación, siendo un claro ejemplo la desnudez de las mujeres en la pintura, la novela escrita en masculino, el protagonismo heroico del hombre en el cine, etc. (Cao, 2000: 29).

Lo que hace referencia a lo femenino se resume en el desnudo, siempre puro y estético, dotándose de esa connotación de sujeto pasivo, visible únicamente para el hecho literal de ser observado. Incluso teniendo en cuenta las premisas liberales de autores como Locke –cuyo eje teórico se centra en que la libertad se identifica con la propiedad, es decir, con la libertad de poseer (Cao, 200: 13-16)– y los análisis marxistas de la sociedad manejados como contraposición a él, las mujeres han sido y son concebidas como objetos de transacción y no de modificación o actuación.

Es por ello que la historia del arte se ha insertado en un discurso de dominación, siendo el hombre el sujeto creador. En este sentido y teniendo en cuenta los postulados de Simone de Beauvoir, no han sido las mujeres las que han contrapuesto valores femeninos a los masculinos sino que los propios hombres han creado esta división con el fin de mantener como hegemónicas las prerrogativas masculinas así como la conveniencia de la perpetuación de esta estigmatización con la finalidad de perpetuar la sociedad de clases y su división (Cao, 2000: 15).

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 Así, desde el Renacimiento –momento histórico en el que el hombre se fija como sujeto autónomo, demiurgo, dueño de su destino e impulsor del progreso–, el canon masculino de interpretación –no únicamente artístico sino como actor social en su generalidad– ha sido un sujeto blanco, propiamente dotado de valores masculinos –virilidad, valentía, fuerza–, heterosexual y occidental. Por ello, las mujeres se conceptualizan como un genérico homogéneo hasta el punto de ser concebidas incluso en niveles intelectuales y teóricos como La Mujer (énfasis en lo singular), conformándose como el ser negativo contrapuesto al Hombre universal, lo oculto, lo particular y subjetivo, algo que no merece ser mostrado por no ser universalmente representativo.

A modo sintético, resulta reseñable comprobar cómo, en esa suerte de relación paradigmática e intrínseca entre dominaciones de clase y género –por indisociables–, se representa a modo iconográfico un statu quo que mucho contiene de ideológico y poco de individual e ilusorio, proporcionando una visión del mundo que no hace sino perpetuarlas. El arte, en su categorización como concepto, encuentra un sentido social, político y cultural, jugando un papel determinante a la hora de narrar la historia desde un prisma concreto, con la finalidad de salvaguardar los intereses hegemónicos en lo sistémico, sobre todo, en el ámbito superestructural, esfera que detenta todo el aparato ideológico.


Aliaga, J. V. (2004). Arte y cuestiones de género. Madrid: Editorial Nerea.

Benjamin, W. (2008). Obras. Libro I/Vol. 2. Madrid: Abada Editores S.L.

Cao, M. (2000). Creación artística y mujeres. Recuperar la memoria. Madrid: Narcea.

Marx, K. y Engels, F. (1975). Cuestiones de arte y literatura. España: Ediciones de bolsillo.

Sánchez, A. (2005). Las ideas estéticas de Marx. México: Siglo XXI.

Žižek, S., Alemán, J. y Rendueles, C. (2008). Arte, ideología y capitalismo. Madrid: Círculo de Bellas Artes.