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Años de Democracia: Pluralidad ideológica

Una vista actual en el mundo democrático

Los años de democracia son importantes. Como sociedad hemos avanzado hacia una lejanía del absolutismo divino, donde el poder residía en la figura de un monarca, que tenía los dotes de un Dios, o dioses. Después de los cambios que acontecieron en el siglo XIX, aquellos donde vinieron en revoluciones o independencias, el giro político fue hacia la democracia, que en Europa se volvió con toques parlamentarios, es decir, con una importancia decisiva de los parlamentos, en EEUU, pionero en esta temática, tuvo un giro, al principio, a una democracia con toques imperialistas, es decir, esparcir esta forma de democracia a otros países, sobre todo Latinoamérica; ya hablando del continente sur, en América Latina se generaron democracias institucionalizadas como Chile o Uruguay, también sistemas políticos más autoritarios o, plenamente dictaduras, como Bolivia o Ecuador, y luego una proyección federalista como lo es Argentina, hay mixes importantes.

¿Acaso estas democracias son las que se desenfundaron en las actuales? A esta pregunta se le responde por un rotundo no. Toda democracia padece modificaciones legislativas, institucionales y constitucionales que, a lo largo de complejas deliberaciones, golpes de Estado, intervencionismo estadounidense, o revoluciones, se han formado democracias, o proyectos de estas, para formar gobiernos que buscan la estabilidad política y la buena gobernabilidad.

Partiendo por el enfoque de la búsqueda de estabilidad y gobernabilidad, se ha perdido la pluralidad, en busca del centro político, la tan famosa llamada política de los acuerdos, una forma de hacer política para todos los actores del sistema, o en otras palabras, hacer política para contentar a todos. Si bien el centro político suele dar estabilidad, se podría decir que también le resta eficacia a políticas más puras, de índole socialista, nacionalista o simplemente, neoliberalista. Existe un problema en el consenso constante, y es que se pierde la legislación pura, es decir, que respondan a objetivos claros y no consensuados. No es lo mismo tener como objetivo desprivatizar la educación, que sería una política de izquierdas, que al final terminar con una política pública del estilo educación concertada, es decir, mitad Estado y mitad auto financiamiento (lo que da por consecuencia el problema del lucro).

¿Pero qué pasa cuando en la democracia hay movimientos extremistas?

El debate da para largo: ¿se permite libertad de expresión? ¿O es libertinaje? ¿Debe haber total tolerancia a las opiniones adversas? ¿O es posmodernismo democrático? ¿Es saludable para la democracia? ¿O perjudicial?

No hay claras respuestas. Para cada régimen democrático existe una cultura política que está detrás del sistema político. Puede haber un partido hegemónico o predominante en cada sistema político, y aun así, tener diferentes partidos que representen otras ideologías e intereses totalmente contrarios a este. No hay una regla general para esto, y formularla es más utópico aún, pues, son sistemas autónomos en su funcionamiento.

Los extremismos juegan un punto importante, pero primero: ¿Qué es un extremismo? No es que haya un consenso en esta definición, pero a primeras se puede decir que un partido o movimiento extremista es aquel que está en uno de los puntos extremos de la barra ideológica. Si se tiene una barra desde la derecha y la izquierda, ambas tienen puntos lejanos que serían los polos opuestos, y es ahí donde se encuentran dichos partidos. Usualmente, estos poseen características tales como ser fundamentalistas, o ser ateos militantes; también poseen cierto rigor nacionalista o ultranacionalista (fascismo o nacional-socialismo); están los anti globalizadores y anti capitalismo de libre comercio; por último y más importante, son los partidos que no quieren llegar a políticas de consenso, en otras palabras, no tiran al centro político.

¿Es la democracia un lugar donde deben habitar este tipo de partidos?

Es complicado decirlo, pues, a priori hay un debate profundo sobre si la democracia es el espacio de representación de todas las voces y pensamientos. Por lo que, para no meterme en un jardín, me ahorraré este debate y pasaré a mi postura: no hay espacio al libertinaje, pues, la acción libre de consecuencias funciona del mismo modo que le funcionaban a los absolutismos y sus reyes impunes. La libertad de expresión se da con un rigor de respeto y tolerancia, palabras clave a la hora de entrar en la política, o sea, el debate entre la ciudadanía y el sistema político.

Si bien es cierto, hay partidos que tienden más a un lado que a otro, pues, a veces la política centrista no basta para gobernar de buena manera y cumpliendo lo que el pueblo pide. Pero, de nuevo, este es otro debate, y uno más antiguo que el primero ya que esto viene siendo deliberado desde los griegos antiguos, con Platón y Aristóteles. ¿Es la democracia (el gobierno de los pobres, no del pueblo como de mala manera se ha entendido) una forma viable para llevar un Estado o debe haber gente al mando mucho más preparada para llevar una República (Res-Pública, o sea, de la cosa pública o asuntos públicos del espacio o territorio donde vive cada uno)? En pocas palabras, a veces se necesita hacer lo que el pueblo pide, y otras veces, y casi rozando las actitudes autoritarias, se debe tomar el mando del pueblo y guiarlo cuando más perdido está.

Así es el caso de Latinoamérica

En el continente latinoamericano existe una necesidad por seguir caudillos, una especie de mesías político. Los más grandes caudillos del siglo XX fueron Fidel Castro, Ernesto Che Guevara, Hugo Chávez...lo que muestra una aspiración cultural hacia estos líderes. Igual se reproduce a menores escalas, tanto en partidos políticos como en movimientos sociales. Los líderes mesiánicos nacen constantemente en América Latina y esto no es cosa de dejar atrás para el debate de los extremismos.

Primero, y lo más importante, es que hoy en día vivimos en un mundo que obra bajo mandatos globales, globalizado e interconectado de muchas formas tan profundamente irreversibles que la acción de un gobierno no queda desapercibido entre sus naciones vecinas. Para poner una situación que pasó entre pasillos sin ser detectada por la sociedad internacional: el caso de las elecciones y la crisis griega, pues, en aquella no sólo se escogía un nuevo gobierno, que fue finalmente la coalición de izquierdas Syriza, sino que además se elegiría a quién determinaría el futuro el país negociando con el Consejo Europeo y el Banco Central Europeo. Entre todo esto, había un país que tenía negocios y se había ido beneficiando de la crisis helena, y, era, ni más ni menos, China. Este país, que también tenía negocios en Siria, le repercute lo que pase en un país o en otro. El ejemplo puede sonar vacío, pero el punto clave es cómo afecta lo que pase en un país a todos los demás.

Creo que más claro está en la economía; el sistema bursátil se cayó mucho cuando ganó el Brexit el año pasado. Esto no es coincidencia, pues, la economía de los Estados está muy unida por los comercios, tratados, multinacionales, transacciones, dependencia de materias primas...en pocas palabras, existe un mundo interdependiente de las naciones.

Volviendo a los extremismos...

Con un mundo interconectado e interdependiente, pues lo primero es demostrar lo globalizado que están las redes que conectan a cada nación; lo segundo va más a cómo las naciones necesitan de otras naciones, sobre todo en términos económicos, para sustentar las economías nacionales.

Dicho lo anterior, cuando nace un grupo de pensamiento extremista nace la pregunta de otras naciones sobre cómo afectará un hipotético gobierno de estos hacia la nación vecina. Sin meterme en debates de Defensa y Seguridad Nacional, hay un punto clave a la hora de tomar decisiones en política exterior que subyacen de un posible contexto. Es decir, hay ministerios que toman medidas solo por el caso hipotético de un escenario, ni siquiera sin tener el escenario de verdad. Es parecido a la política militar de invasión preventiva, pues, es más seguro controlar una nación que esperar a saber si van a obrar de buena manera.

Lo que causan los extremismos, a la larga, y si llegan a tener gobiernos es que sus políticas públicas y su política exterior sean totalmente de interés nacional, pues, como dije antes, en los extremismos se encuentra un sentimiento común anti globalizador y nacionalista (ultranacionalista, también), lo que lleva a una completa ceguera del escenario internacional y de las consecuencias que puede tener al interior del país. Es mejor, antes que el orgullo, tener un poco de sensatez por el pueblo. Mejor morir como el villano centrista que vivir como el caudillo que intentó gobernar bajo su disposición, y no con el mandato y la cooperación del mundo político. Y ni siquiera un villano, ya que, el caso de Luiz Inácio Lula Da Silva donde él impartió muchas políticas de centro (de ahí la estabilidad de sus gobiernos en un sistema de partidos tan fraccionado) y logró desarrollar Brasil en términos económicos, políticos y culturales a niveles nunca conocidos por su gente.

Tal vez no tenga en mi recuerdo ahora mismo un gobierno extremista que haya funcionado establemente en el siglo XX. No obstante, como en todo, puede haber sus excepciones.

Más allá de un devenir político enfatizado en ideas radicales, hay que tener en cuenta que a) el mundo de hoy en día es absolutamente complejo; b) existen actores no estatales que tienen una influencia dentro de las decisiones y las políticas públicas, lo que hace, a la larga, al extremismo viable únicamente mediante el autoritarismo; c) el consenso es parte del debate parlamentario, por lo que, para ir con extremismos, se necesitaría de una mayoría parlamentaria absoluta o, por otro lado, de abolir el Congreso.

Es así como el extremismo se ve anulado por el actual mundo, como le pasa a grupos como ETA, Hamas, IRA, las FARC, entre otros...Los grupos revolucionarios, que no tienen por qué ser extremistas, han visto que la única manera de implantar cambios puros, al menos en términos ideológicos, es mediante la sustitución del sistema político actual, muy ligado a ideales neoliberales o a dependencias de países potencias. Pero, de nuevo, producir esto usualmente implica destruir aquello que es construido por la sociedad, ideas que por cierto parafraseo de Cornelius Castoriadis, quien hace una reflexión profunda de la naturaleza de nuestra política y nuestras instituciones, determinadas por una clara dialéctica social, según el tiempo en el que se ha ido construyendo.

Es por lo mismo, que creo, que a la larga de la historia política siempre surgen grupos más radicales dentro del arco ideológico, pero es por el mismo sistema, que estos grupos se ven neutralizados o centralizados, es decir, o sus ideas no atraen a la sociedad o son totalmente abolidos por la gran fuerza de las élites; o en el segundo caso estos terminan por aceptar una realidad política cruda, que en el fondo, se vuelven partidos políticos más moderados en su discurso.

No es así que sugiero la absoluta subordinación del ser humano, como zoon politikón ante el sistema político. Existen claros ejemplos de personas que han logrado impactar en el sistema, mediante diálogos y debates eternos: Hugo Chávez, después de su fallido intento de golpe de Estado, llegó al poder en Venezuela mediante la débil democracia que tienen. Hizo cambios, muy cuestionados por muchos (ligados a la élite, usualmente) y muy amado por otros, tales como el pueblo venezolano y la clase baja; no hay que abrir el debate sobre el modelo venezolano de socialismo, nombrado como comunismo chavista (o chovinista), o incluso autoritarismo por otros, pues, a la larga quienes deben entender a los venezolanos son ellos mismos. Está claro que Venezuela no es un país que se pueda organizar de la misma forma que Alemania o Gran Bretaña puede. Para seguir con los ejemplos, están los años del radicalismo chileno durante la década de los 40' y 50', donde se impulsó un modelo desarrollista en Chile. Más atrás se tiene la unificación alemana con Bismark, Fidel Castro, Margaret Thatcher...y así, personas que han entendido su contexto y se moldearon para formar cambios. A veces estos cambios pueden implicar una revolución o una lucha constante contra el sistema, que como en otro artículo dije, este funciona de forma orgánica, defendiéndose de estas amenazas que surgen a cada rato.

El caso ecuatoriano también sirve de ejemplo

Es claro, Ecuador este pasado mes eligió de presidente a Lenin Moreno, del mismo ideal político de Rafael Correa, actual presidente de Ecuador. Su contrincante era Guillermo Lasso, un fiel representante del pensamiento neoliberal y de las élites ecuatorianas.

Entre estos dos actores hay una diferencia de gobernabilidad importante, ya que ambos ejecutarían políticas públicas desde interpretaciones muy diferentes y antagónicas. Ahora mismo, en varias discusiones que tuve, siempre he defendido que el proceso ecuatoriano no debe ser interrumpido por un momento neoliberal, ya que los cambios serían demasiado fuertes y el sistema en Ecuador colapsaría con crisis políticas; tal es el caso de Michael Temer en Brasil, que después del proceso de impeachment, catalogado como un golpe blanco, fuese un fraude total, este nuevo representante del neoliberalismo que ha impulsado políticas totalmente contrarias a las de Rousseff, o Lula Da Silva; ahora resulta que también lo quieren quitar a él también.

Los cambios extremistas, o radicales, no solo en su ejecución, si no en su diferencia con el sistema actual, pueden ser totalmente perjudiciales para el devenir de un país político, pues, los procesos desarrollan cultura, personas, cuidan a su gente, el Estado toma una forma y un cierto comportamiento racional, y cambiarlo de manera drástica puede ser demasiado impactante para el buen vivir de su sociedad.

Por lo mismo, en mi conclusión, considero que no se debe permitir una apertura plural ideológica total, pues, puede permitir grandes daño a lo que entendemos por democracia hoy en día. Así lo mencionaba Tzvetan Todorov en su famoso libro de Los enemigos de la democracia.

Diego F. Herrera Gré

Diego F. Herrera Gré

Politólogo en Chile. Republicano. Desde la ciencia política haciendo análisis contemporáneos. Especializándome en las Relaciones Internacionales.

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