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Habiendo dado comienzo ya la campaña electoral de manera formal (aunque lo cierto es que con la concatenación de municipales, autonómicas y ahora generales España parece sumida en un continuum electoral sin precedentes), y habiendo experimentado ya la tensión ambiental de un debate a cuatro bandas histórico para la democracia española, nos encontramos en el momento óptimo para hacer un análisis electoral de carácter más proyectivo, que tratará de evaluar los posibles escenarios estratégicos en que puede situarse el PSOE, apoyándonos en el análisis de los datos aportados por el CIS, abordado en el artículo anterior (Análisis preelectoral: PSOE, 23/11/15, Tarek Jaziri y Víctor Küppers).
El análisis de las posibles estrategias electorales partirá de la premisa de la posición ideológica que presentaba el PSOE, según percepción de los encuestados por el CIS, justo antes de las elecciones: la hegemonía en el centroizquierda, predominante en el tradicional número 4 de la escala ideológica (en el CIS, 0 representa la izquierda extrema y 10 representa la derecha extrema), que ha sido habitualmente un bastión sociológico para el partido. Uno de los aspectos más interesantes de estas generales, que ya se ha anticipado en las pasadas autonómicas pero que cobra ahora una dimensión nacional, es cómo la irrupción de los emergentes Podemos y Ciudadanos crea cuencas ideológicas alternadas, quebrando completamente el tradicional esquema derecha-izquierda (PP-PSOE), dicotómico y relativamente sencillo de discernir para el electorado (con permiso de IU, UPyD y nacionalistas varios). En concreto, la posición del PSOE es particularmente interesante porque se sitúa entre los dos emergentes. Por todo ello, he considerado que la forma más provechosa de realizar este análisis será contemplando los focos estratégicos que, a grandes trazos, se le han abierto a este PSOE que busca recuperarse en estas elecciones generales: intentar afianzar el centroizquierda de la identidad tradicional (ese número 4), virar a la izquierda (acercándose a territorio podemita) o virar al centro (acercándose a territorio de Ciudadanos).
Para empezar, cabe estudiar la composición del poso ideológico tradicional sobre el que se asienta el PSOE: como se ha podido advertir en el anterior artículo, el PSOE se renueva para buscar la recuperación tras la caída en desgracia en 2011. En términos generales, hoy el PSOE recupera electorado en todos los tramos de edad y en la mayoría de categorías socioeconómicas, de manera constante, desde enero. La recuperación coincide no sólo con la renovación del partido, sino también con el bajón de Podemos. La conclusión es que se mantiene sólido entre sus tradicionales segmentos de obreros cualificados, jubilados y el trabajo doméstico, que ciertamente se identifican más que nadie con el tradicional electorado del antiguo PSOE. Mantenerse firmes en su cuenca y apelar a este voto usual es una opción estratégica, ciertamente. Pero lo más interesante del estudio del CIS es ver cómo se dan dos fenómenos simultáneos: a la vez que los emergentes amenazan con atraer precisamente a ese electorado tradicional (como se verá más adelante), se abren asimismo muchas opciones nuevas que pueden ser explotadas en estrategias más encaradas hacia una verdadera renovación que mire al futuro. Por tanto, se advierte de entrada que aferrarse al poso electoral tradicional no sería la mejor de las alternativas de regeneración.
En este agitado panorama, se abre la posibilidad de que el PSOE intente construir una imagen más cercana al centro, atacando el espectro de Ciudadanos y permitiendo que un aliado posible, Podemos, gane terreno por la izquierda menos moderada (que sociológicamente crece, como indica el CIS). A nadie se le escapa que el PSOE gobierna desde mayo en diversas autonomías gracias al apoyo de Podemos, y que por lo general sus líderes se han mostrado recatados a la hora de criticar a Pablo Iglesias. El sentimiento de «compartimos el diagnóstico» ha sido una impresión manifestada varias veces por ambos partidos, aunque tal vez parezca que quienes tienen más ánimo de acercamiento son los socialistas, mientras que en los últimos meses Iglesias ha endurecido las críticas al único partido con el que podría entenderse en el Congreso para pactar una investidura (sólo hay que ver cómo ha valorado Iglesias a Pedro Sánchez tras el debate, diciendo que le ha inspirado «pena»). Por tanto, la recuperación de Podemos por la izquierda podría no ser tan buena noticia, mientras que atacar por el centro el ascenso fulgurante de Ciudadanos parece una ardua misión. Aunque también es cierto que, si bien la tradicional mentalidad española de izquierdas sigue siendo una realidad, el CIS muestra que porcentualmente el segmento que más crece es el centroderecha; eso podría incluir una parte importante del electorado tradicional que hemos identificado, que por ello podría cambiarse de bando si el PSOE quedara demasiado escorado hacia la izquierda. Las variables son muchas e impredecibles, pero la impresión general es que un posible viraje a la derecha no sería muy sensato: el partido se ha esforzado desde la llegada de Pedro Sánchez primordialmente en dos direcciones: distanciamiento de las políticas de austeridad del PP y articulación de un discurso que ha sonado cada vez más social. Por tanto, además de arriesgado, este enfoque estratégico sería desconcertante en perspectiva y ergo menos efectivo, con toda probabilidad. No obstante, es necesario estudiar esta posibilidad estratégica porque hay que recordar que Ciudadanos no ha sido una amenaza hasta hace relativamente poco, y es factible que pueda atraer a una parte sustancial del electorado tradicional del PSOE que, tal vez, se daba por asegurado hasta ahora (por ejemplo, es notable la popularidad de Ciudadanos en segmentos como el de los obreros cualificados y cuadros medios, en este último dejando al PSOE en segunda posición).
Por otro lado, otra opción que podría antojarse más factible es articular un viraje hacia la izquierda. El ascenso notable del voto estudiantil al PSOE (en detrimento de la popularidad de Podemos), la recuperación del electorado de clase media (primordialmente urbana), la dilución sociológica del electorado alejándose del centro y hacia los extremos… señalan la posibilidad de que este PSOE con ansias de renovación vaya a tener más espacio para fortificarse en la izquierda, contraponiéndose al dueto PP-Ciudadanos y absorbiendo el voto desencantado de Podemos. Una estrategia, además, más coherente con el modo en que la regeneración del partido se ha enfocado desde el Pedro Sánchez lo lidera. En mi opinión, la metáfora gastronómica que utiliza el periodista Enric Juliana con el independentismo (ese huevo cuya yema recalentada sigue activa, pero cuya clara se va enfriando y diluyendo) puede aplicarse también al fenómeno Podemos, como también al Partido Pirata alemán y demás explosiones mediáticas de rebeldía política: sus simpatizantes más periféricos ideológicamente, esa clara, se enfrían con el paso del tiempo, la indefinición, la recuperación económica y el imponente factor Syriza. Es, por tanto, una cuenca ideológica susceptible de trasvase, y si es un trasvase moderador parece evidente que el PSOE recibirá más que IU, otro posible beneficiario, aunque demasiado menguado. En lo que concierne a los segmentos del electorado, afianzarse en la izquierda y distanciarse de aventuras centristas seguramente hará que el partido resulte más atractivo a colectivos entre los que gana popularidad últimamente (como el espectro estudiantil, que ya se ha comentado, pero también las nuevas clases medias, cuya identificación con la izquierda es cada vez mayor), que son claramente apuestas de futuro, en contraposición con el electorado tradicional; por tanto, que una parte de éste último no apruebe al nuevo PSOE y se ponga a tiro de Ciudadanos podría ser un riesgo asumible y rentable a largo plazo.
Quien se haya hojeado el programa electoral sabrá que hay muchos puntos que corroboran esta intención de recuperar la hegemonía de una izquierda más amplia, distanciándose radicalmente de la imagen peyorativa que adquirió en sus últimos tiempos el gobierno de Rodríguez Zapatero, empujado por la precariedad de las circunstancias a adoptar medidas de austeridad identificadas con la derecha neoliberal. Sin ir más lejos, la reforma constitucional en clave federal (la gran apuesta de Sánchez) está enfocada desde una perspectiva netamente de izquierdas, lejos de los enfoques recentralizadores de Ciudadanos y el PP, y también de los de antiguas (y no tan antiguas) figuras del PSOE: todo el mundo se acuerda de la intransigencia de líderes como Alfonso Guerra, orgulloso de haber «cepillado» el Estatut catalán. Pero parece que esos socialistas con discurso centralista han sido superados.
Además de este eje central del programa, hay otros aspectos que señalan en la misma dirección y que, curiosamente, han sido también a los que más atención se ha prestado durante la campaña: el nuevo Estatuto de los Trabajadores, la derogación íntegra (para lo que se presionó a Pedro Sánchez, que llegó a insinuar que lo haría sólo parcialmente) de la Reforma Laboral, el nuevo enfoque de las becas como «derecho», la propuesta del Estatuto del Artista (junto con otras medidas, como la rebaja del IVA cultural, muy atractivas para el mundo cultural; que es, en España, primordialmente de izquierdas), guiños feministas (como la propuesta de dar contribuciones extra a las madres trabajadoras, o el archivo de artistas mujeres) medidas de no discriminación a los inmigrantes y numerosos compromisos ecologistas (un tema con el que Sánchez siempre ha gustado de identificarse personalmente), entre otras muchas que probablemente hubiese sido difícil ver en programas anteriores del partido (o sí, pero con un tono y un alcance diferentes).
Tampoco pueden pasar desapercibidos ciertos detalles de la comunicación en campaña. Salta a la vista cómo Pedro Sánchez busca contraponer su sensatez a la de Rivera y ningunear las aspiraciones de Iglesias,  a la vez que procura identificarse con el ansia regeneradora de ambos. Asimismo, tiene intención de cargar sobre sus espaldas toda la identidad histórica del partido, e incluso reivindica de tanto en tanto la cara buena de la obra de gobierno de Zapatero. Escorando hacia la izquierda, no es de extrañar que lo más criticado del programa de Ciudadanos sea su idea del contrato estable: explotar el asunto laboral apela mucho a la sensibilidad de izquierdas, y en el contexto actual especialmente a los jóvenes en paro o situaciones laborales precarias. «Somos el cambio que necesita España» es la idea-fuerza que planea sobre la campaña, viniendo a decir implícitamente que «somos nosotros los que hemos cambiado, no el PP». El eslogan extraoficial, unido a todo el análisis anterior, deriva en el siguiente mensaje global de campaña, que a día de hoy parece el más coherente con la dirección tomada y con el análisis proyectivo: «somos la izquierda capaz de cambiar las cosas». «Debes convertirte en el cambio que deseas ver en el mundo», dijo Gandhi; parece que Pedro Sánchez va a intentar aplicarlo al partido con todas sus fuerzas. Veremos pronto si surte efecto.
En definitiva, la estrategia de viraje hacia la izquierda parece ser la que mejor se adecua a la situación, la que parece más factible y la que parece estar canalizando a día de hoy la esencia regenerativa del PSOE. Los indicios enumerados son pruebas sustanciales de la forma en que se está gestionando esta estrategia electoral, y es de suponer que veremos este enfoque desarrollado a lo largo de los muchos días que quedan de campaña. Mientras que para un líder añejo como Rubalcaba hubiera sido imposible, las caras nuevas y los gestos nuevos tienen la posibilidad y la necesidad de resituar el programa socialdemócrata en relación con los nuevos partidos emergentes. Sociológicamente, la tendencia parece confirmarse: el CIS sitúa la percepción del PSOE ligeramente más a la izquierda desde enero. Y la forma en que se encaren estas elecciones va a ser crucial para que el electorado pueda discernir precisamente eso: cómo se pretende reconstruir el espacio socialdemócrata en España.