TodЛs somos políticЛs. TodЛs hacemos política.

El opositor liberal ruso Alexei Navalny ha sido incapacitado para presentarse a las presidenciales rusas de este 2018, en las que se prevé una victoria sencilla de Vladimir Putin. El que podría suponer la más mínima oposición real al presidente ha llamado a sus seguidores al boicot de las elecciones, las cuales no considera legítimas.

La Rusia post-1989 es, pese a lo mucho que oímos hablar de ella en política exterior, un misterio en su interior. Un país que vio mermar su grandeza debido a la desigualdad, la corrupción o los oligarcas y buscó su solución en un nuevo líder conservador, Putin, allá por el año 2000. El mandatario, ya casi 18 años en el poder, va camino de renovar hasta los 24, convirtiéndose en el más prolongado en el Kremlin desde Stalin. En torno a él hay abundante mitología sobre cómo llegó al poder o cómo lo mantiene, especialmente desde la visión de medios internacionales occidentales. Se le trata en ocasiones como a un gran villano global que encarna lo que queda de la amenaza soviética. Dentro de sus fronteras, como un pequeño héroe local, estaría Alexei Navalny, que supone el único atisbo de sombra divisable para Vladimir Putin.

Navalny es el líder del Partido del Progreso, que basa su programa de orientación liberal en medidas anti-corrupción con alguna que otra exaltación nacionalista. Tras su papel en las protestas de 2011 contra la corrupción en Rusia, Navalny sorprendió alcanzando el 27% de los votos como candidato a la alcaldía de Moscú en 2013 -que igualmente ganó el candidato oficialista en primera vuelta- y desde ahí anunció su salto a la política nacional. Su partido fue expulsado de las elecciones legislativas de 2016 como él lo es ahora de las presidenciales debido a un caso de malversación de fondos que Navalny considera montado. Pese a lograr una considerable atención y simpatía de medios en el exterior, los apoyos entre la población rusa se ven más limitados a los sectores urbanos y jóvenes, que se entienden mejor con las nuevas tecnologías, regazo predilecto tanto de su proyecto como del discurso anti Putin dirigido desde el extranjero. Las encuestas previas a su eliminación de la contienda electoral situaban en un discreto 2% su intención de voto.

Vladimir Putin, por otro lado, cuenta con una aprobación de su gestión del 80% y, por lo general, sí es evidente que el país recuperó con él parte de la estabilidad y la posición global relevante que fue dilapidada en los noventa por Boris Yeltsin. Su partido Rusia Unida obtuvo 340 de los 450 escaños de la Duma estatal. Además de eso, los partidos de la oposición -comunistas, socialdemócratas y liberal demócratas- no suponen una amenaza ya que incluso siendo innecesarios dan su apoyo la mayor parte de las veces a las leyes de Rusia Unida en el parlamento.

Las perspectivas de futuro del opositor ruso son negativas. En primer lugar porque lo más probable es que en marzo de 2018 Putin renueve su mandato hasta las próximas elecciones de 2024, a las que Alexei Navalny tampoco podría concurrir ya que su veto se extiende hasta 2028. Si su boicot da resultado, lo más probable es que no provoque una participación inferior al 50%, si bien se espera un alto nivel de abstención debido a la falta de incertidumbre en estas elecciones. Es muy posible, pues, que las esperanzas de Navalny no se renueven hasta que Putin se vea impedido por la edad para continuar en el cargo, pudiendo entonces cobrar relevancia la fuerza política que representan él y sus 200.000 simpatizantes. Hasta entonces solo le queda esperar.