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La delicada relación entre los países occidentales e Irán empieza con la Revolución Islámica en 1979 y se ve acentuada cuando Irán inicia su desarrollo nuclear. En 1970, Irán ratificó el Tratado de No-Proliferación de Armas Nucleares (TNP), lo que no le impidió impulsar la creación de reactores nucleares de investigación. El objetivo meramente científico del proyecto no estaba claro y, en la primera década del siglo XXI, diversos medios de comunicación se hacían eco de la información divulgada por el grupo opositor iraní, que acusaba al gobierno de poseer instalaciones secretas donde desarrollaba el arma nuclear. Somos, entonces, testigos de una escalada de tensión entre Irán y las potencias occidentales, marcada por la imposición de implacables sanciones y por improductivas negociaciones.

En Junio de 2015, la culminación de esta espiral llegó con el Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA, por sus siglas en inglés): un acuerdo entre Irán, los países del P5+1 (Estados Unidos, Rusia, China, Reino Unido, Francia y Alemania) y la Unión Europea. Este pacto fue considerado un gran logro dentro de la comunidad internacional y uno de los mayores éxitos de la administración Obama, puesto que había conseguido paralizar el desarrollo del programa nuclear iraní. Ahora bien, a pesar del firme apoyo recibido por parte de los países de la UE, de Rusia y de China, es posible que el acuerdo esté ahora en peligro ya que la Presidencia estadounidense parece desear destruirlo. Lo que pretendo aquí es revisar la literatura existente sobre la pertinencia de este concierto e intentar llegar a alguna conclusión sobre su conveniencia para evitar el desarrollo nuclear iraní.

El Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA)

En Septiembre de 2005, la IAEA (International Atomic Energy Agency) certificó que Irán no estaba cumpliendo con el Tratado de No-Proliferación de armas nucleares (TNP), lo que desencadenó la imposición de sanciones por parte de Estados Unidos, la Unión Europea y Naciones Unidas. Las sanciones pretendían aislar financieramente a Irán –bloqueando su exportación de petróleo– para así dificultar el proceso de creación del arma nuclear y forzar a Irán a sentarse a la mesa de negociaciones. Según diversos estudios, estas sanciones han supuesto para el país una pérdida de más de 160 billones de dólares en ingresos petrolíferos y un fuerte impacto en el desarrollo de su PIB.

Los intereses de Estados Unidos e Irán operan de forma diametralmente opuesta desde la Revolución Islámica, por lo que un acuerdo entre ambos parecía improbable. A pesar de esto, la presidencia de Hassan Rouhani –considerado del ala moderada– y una alianza de facto en la guerra de Siria facilitaron las negociaciones, que finalizaron en el JCPOA, también denominado el Iran deal.

Cuando hablamos de la obtención del arma nuclear, el dato que se analiza habitualmente es el breakout time, es decir, el tiempo que un determinado país tardaría en conseguir el arma nuclear desde el instante en que decide hacerse con ella. En el momento de esta negociación, el breakout time iraní era, según diversas estimaciones, de 3 meses. Con el acuerdo, este tiempo se aumentó a 12 meses, puesto que incluía medidas como la reducción en 2/3 del número de centrifugadoras durante 10 años y de las reservas de uranio enriquecido en un 98% durante 15 años. Además, incorporaba periódicas inspecciones intrusivas en las plantas nucleares por la IAEA, que se mantendrían por un espacio de tiempo de 20 años. A cambio de estas restricciones en su programa nuclear, el resto de los Estados signatarios pactaron levantar las sanciones impuestas sobre el país.

Las principales críticas de este acuerdo son su carácter temporal y la convicción de que una resolución mejor era, y todavía sigue siendo, posible. En primer lugar, algunos autores consideran que Irán no va a respetar el pacto y que desarrollará el arma nuclear de forma secreta; igual que ocurrió, durante la administración Clinton, con la paralización nuclear de Corea del Norte. Pero, aunque fuese respetado este acuerdo, el problema es que su planteamiento es provisional. Con el levantamiento de las sanciones, el régimen teocrático iraní se verá reforzado económica y geopolíticamente, mientras que la paralización nuclear es simplemente temporal. Por último, la crítica israelí –cuyo país se siente amenazado por su proximidad– mantiene que el acuerdo no sólo debería desmantelar toda la infraestructura nuclear, sino que también debería atacar otros ámbitos como el programa de misiles balísticos. Estas corrientes críticas, entre las que se encuentra la administración Trump, proponen la renegociación del acuerdo.

Sin embargo, encontramos numerosos autores que defienden la conservación del acuerdo iraní, rechazando las críticas anteriores. Estos censuran la comparación con Corea del Norte por la diferencia en sus sociedades civiles (siendo la iraní más abierta y dinámica), en su régimen (más susceptible a presiones) y en sus aliados militares. En cuanto a su carácter temporal, los partidarios del JCPOA mantienen que, a pesar de que lo óptimo sería un pacto permanente, todos los acuerdos sobre el control de armas son temporales. Por último, para estos autores no está claro que la administración Obama hubiese podido lograr un pacto mejor, por la falta de apoyo internacional y el problema del tiempo. Pero lo que parece evidente es que Irán no va a aceptar un acuerdo que le imponga más restricciones a su programa, dándole a cambio exactamente lo mismo: un levantamiento de sanciones.

En la actualidad, parece que Estados Unidos es el único país que aboga por una renegociación del JCPOA. La Unión Europea ha reiterado, en numerosas ocasiones, su apoyo al pacto, además de plantear la posibilidad de mantenerlo incluso si Estados Unidos lo abandona; también puntualiza que no consentiría que las sanciones secundarias impuestas por la potencia americana afectasen a empresas europeas que negocian con Irán. El gobierno chino no se ha pronunciado todavía sobre el asunto; pero, en su camino de convertirse en potencia mundial, China considera a Irán un socio estratégico en Oriente Medio, por lo que parece improbable, al menos por ahora, que decida imponer sanciones sobre el país. Por último, es destacable la aproximación entre Rusia y la República iraní, puesto que Irán posee un importante valor estratégico y económico, en una época marcada por las sanciones derivadas de la crisis ucraniana, que han tenido un impacto negativo sobre el Estado ruso.

Parece, por tanto, improbable que la sociedad internacional decida secundar la iniciativa americana de reimponer sanciones y renegociar el acuerdo iraní. Sin el apoyo de las otras potencias, la aplicación de sanciones en Irán seguramente no tendría los efectos deseados. Asimismo, podría suponer una pérdida de credibilidad de Estados Unidos con respecto a sus aliados y daría una excusa a Irán para continuar con el desarrollo del arma nuclear.

Consecuencias de la obtención del arma nuclear por Irán

En la actualidad, el gobierno iraní aboga por mantener el acuerdo nuclear incluso ante una posible retirada americana; pero esto podría llevar al poder al ala dura que rechaza acuerdos con occidente y que pretende continuar con el desarrollo nuclear. Con la posesión del arma nuclear, nos encontraríamos a un Irán inicialmente eufórico que, probablemente, desarrollaría un comportamiento más agresivo en la zona. En Oriente Medio habría entonces dos países en posesión del arma nuclear: Irán e Israel. Para los expertos, no está claro que el principio de disuasión entre estos países sea tan efectivo como lo fue entre Estados Unidos y la Unión Soviética durante la Guerra Fría, puesto que las medidas de seguridad –una capacidad de respuesta segura, líneas de comunicación claras, tiempos de vuelo largos entre los dos países para los misiles balísticos y experiencia manejando un arsenal nuclear– no funcionan de igual manera en este caso. Nos encontraríamos con un volátil equilibrio nuclear que podría llevar a una espiral fuera de control donde ambos países tendrían incentivos para atacar primero (Irán para evitar perder su arsenal e Israel para evitar que Irán lo use).

El problema nuclear no acabaría ahí. Las otras potencias de la zona –Arabia Saudí, Egipto y Turquía– posiblemente se harían también con el arma nuclear de forma inmediata – seguramente a través de Pakistán – para evitar la pérdida de poder regional. Esto provocaría el colapso del Tratado de No Proliferación, que derivaría en una ola de desarrollo nuclear en el mundo.

Tras este análisis, dejo abiertas las conclusiones, aunque parece que una mayoría de autores consideraría beneficioso el mantenimiento del JCPOA y la negociación paralela de otros acuerdos con objetivos concretos como el desarrollo de misiles balísticos. Parece que el JCPOA, a pesar de no ser exhaustivo, está bien dirigido a la amenaza del desarrollo nuclear iraní, que es más inmediata de lo que podría aparentar.