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21D: ¿Qué pasó en el cinturón industrial?

El regazo charnego de la madre Cataluña ha sido siempre un foco de especial atención política. Fue temido siempre por Pujol, que lo veía como un peligroso foco contrahegemónico de razas ibéricas que él consideraba «de mentalidad anárquica y pobrísima» (sí, por increíble que parezca, lo dejó escrito en 1976); mientras Madrid crecía sin complejos absorbiendo e integrando los municipios circundantes, aquí se hizo un esfuerzo tenaz por que prevaleciese una clara disgregación entre el centro (Barcelona, importante foco de la clase media nacionalista) y la periferia, postergándose hasta la era de Maragall todo verdadero esfuerzo metropolitano.

El cinturón ha sido, también, de especial interés politológico por ser un caso particularmente pronunciado de abstencionismo diferencial: una cuna de microclimas castellanohablantes cuya destacada movilización electoral en las generales (siempre de muleta catalana del PSOE) distaba enormemente del desinterés suscitado por las cuestiones autonómicas. A ellos se dirigía especialmente, en efecto, el discurso maragallista: la proyección de un catalanismo integrador y plural.

Desde entonces ha llovido mucho, pero de la causa de Maragall quedan dos logros importantes: la atenuación sustancial de la abstención diferencial (posible reflejo del éxito del proyecto integrador) y el reconocimiento del cinturón, otrora temido y denostado, como objeto electoral clave por parte de las fuerzas nacionalistas. Más recientemente, el cinturón (históricamente rojo) ha sido marcado como objetivo estratégico por tres fuerzas diferentes: primero por Podemos, heredero natural de la desafección de antiguos votantes socialistas, que apeló al cinturón morado; después el independentismo (más específicamente ERC, con más posibilidades por la izquierda), que contrapuso a la hegemonía bipartidista en las elecciones generales un candidato charnego con el que buscó apelar, en cierta manera, a la conciencia obrera clásica; y finalmente Ciudadanos, para cuya victoria en estas pasadas elecciones autonómicas ha sido clave la conquista del cinturón naranja.

No es de extrañar que cobrara tal relevancia: al margen de comprender más de dos millones y medio de habitantes, reivindicar electoralmente el espíritu de un eje tan poderoso de la lucha antifranquista implica también aspirar a disputar una herencia moral de gran significación: para Podemos, el aval definitivo de las clases históricas socialistas; para el soberanismo, la culminación de una operación hegemónica de integración del rival más temido; para Ciudadanos, la constatación de que la identidad charnega no se deja engatusar por los provincialismos culturales.

Mucho se ha hablado estos últimos días del cinturón naranja que ha resultado de las elecciones del pasado 21 de diciembre, de sus causas y condicionantes, siendo posible encontrar una gran variedad de opiniones. Creo que el problema de interpretación que nos lleva a ver análisis tan dispares se debe a dos cuestiones: al uso de un reducido margen temporal para emitir juicios acerca de cuestiones estructurales (la clase y el origen geográfico) y a una interpretación sesgada de los trasvases de votantes (por lo que echaré mano de datos de panel y desde 2010).

Concretamente, tomo como muestra las comarcas del Baix Llobregat, el Vallès Occidental y el Barcelonès (haciendo una ponderación, en este último caso, que excluya los datos de Barcelona ciudad); aunque parte del cinturón se ubica también en el Vallès Oriental, he excluido esta comarca por ser poco representativa y mostrar muchos municipios con un comportamiento electoral más propio del interior (he preferido eliminarla antes que seleccionar municipio por municipio en función de mi juicio personal). A continuación expongo un gráfico de los resultados electorales de las últimas cuatro elecciones autonómicas para la muestra.

La primera constatación empírica es que quien ha vencido claramente de los tres pretendientes del cinturón ha sido Ciudadanos: para las tres comarcas (en agregado y por separado) es claramente la primera fuerza, registrando un factor de ascenso de 1,41 en la muestra sólo con respecto a 2015 (6,87 con respecto a 2010), y encabezando en todas ellas la victoria del bloque constitucionalista. Sin embargo, también es cierto que el segundo partido que más crece en términos relativos desde 2010 es ERC (se multiplica por 3,5). Por contra, los dos partidos que más decaen son Convergència/PDeCAT (0,39) y el PP (0,34).

Se ha generalizado la hipótesis de que tras esta conquista naranja del ansiado cinturón se encuentra un cierto sustrato de clase y étnico, de un colectivo marcado por estos dos clivajes particulares que no había encontrado hasta ahora una forma genuina de expresión electoral autonómica; hablo de esa Cataluña castellanohablante y obrera, que supuestamente habría acumulado a lo largo de las décadas un notable resentimiento hacia el consenso nacionalista impuesto por las élites de clases medias catalanohablantes, posibilitando que en el cruce de esos dos clivajes se haya ido concentrando un electorado con mucho poder. Esto, junto con una circunstancia que reaviva la importancia de factores estructurales de clase (la recesión derivada de la crisis financiera), ha permitido conjugar en cierto grupo social mayoritario dos rasgos que Ciudadanos ha sabido explotar muy bien: la negación del proyecto integrador (abanderado por el PSC, su tradicional representante, estigmatizado ahora por aceptar el consenso de la inmersión lingüística) y el miedo a la igualación por abajo con las clases inmigrantes que hoy son tan numerosas en el cinturón. De aquí se extraen dos claves: primero, que, aun a expensas del aparente éxito maragallista de consenso catalanista al centro, sería posible regresar a ese sustrato originario de los setenta para movilizar un voto de clase/étnico, resituándonos en un escenario que muchos creían superado. La segunda clave es que, de ser así, creo que estaríamos ante la primera traslación exitosa a suelo ibérico de la táctica actual de la ultraderecha europea (resignificación étnica de la marginación de las clases obreras).

Pero, si bien tienen sentido los mecanismos causales que explican esta evolución, cabe evaluar su valor (a continuación voy a comparar los electorados de 2010 y 2017 como un bloque idéntico, si bien es cierto que no lo es, pero siete años no son tanto como para que el relevo generacional nuble las inferencias significativamente): de ser ciertos, implicarían que un porcentaje importante de votantes del PSC (tradicional representante de estos grupos sociales) y abstencionistas se hayan pasado en el cinturón hacia Ciudadanos. En lo que respecta al primero, si bien en el agregado GAD3 calcula que el 60% de los votantes de Ciudadanos son antiguos votantes del PSC, en el caso del cinturón la caída del PSC (4,96 puntos porcentuales) podría explicar apenas un 19% del ascenso de Ciudadanos en el mismo período.

Por lo que respecta a la abstención, en 2017 participó un 24,6% más del censo con respecto a 2010 en el cinturón: ahí se encontraría, hipotéticamente, esa masa abstencionista que no había encontrado hasta ahora su papeleta. Sin embargo, hay muchos datos que desmienten esto y que apuntan a que, en general, gran parte del voto a Ciudadanos proviene de esa clase media o media-alta que pone por delante siempre la economía y la estabilidad (trasvase CiU/PP). Para evaluar la hipótesis voy a compara los datos agregados (Cataluña) y los referentes a la muestra en relación a los orígenes del voto a Ciudadanos; si se detecta una pauta diferencial en la muestra con respecto al agregado en la importancia del trasvase PSC/abstención, podremos atribuir valor a la teoría del voto de clase/étnico como mecanismo causal. No es posible hacer un análisis por comarcas (el CEO agrega en función de esta variable pero sus estudios no llegan hasta 2010 ni ofrecen datos de panel), pero el CIS proporciona una muestra de panel de los 5 municipios más importantes de la muestra (que comprenden un 43% de la población total del cinturón, con lo cual son bastante representativos). Los datos de 2017, a falta de la publicación del estudio postelectoral, son referidos a la variable voto+simpatía de la preelectoral. Los porcentajes se refieren al porcentaje de cada categoría (por ejemplo, de abstencionistas) que se ha trasvasado a Ciudadanos.

Como se puede apreciar, la pauta de retención del propio votante es similar para ambas muestras. En lo que respecta al conjunto PSC/abstención que se trasvasa a Ciudadanos, se sustrae un porcentaje mayor en el caso de la muestra que en el agregado (un 28,4% frente a un 25,6%), si bien es decreciente. Se detecta, por tanto, un diferencial que demuestra que Ciudadanos es más atractivo comparativamente en el cinturón para los votantes del PSC y los abstencionistas, apoyando (posiblemente) la teoría del voto de clase/étnico; esta conclusión es reforzada, además, por el hecho de que en el cinturón hay poco abstencionista que provenga del bloque CiU/PP (un 15,6% para 2012 y un 4,26% para 2015, frente a un 28,4% y un 36,4% en el agregado respectivamente), apuntando a que gran parte de los abstencionistas que transitan a Ciudadanos sean efectivamente del grupo social indicado por la teoría. También cabe apuntar que, no obstante, la potencia de este efecto es decreciente, mientras que el mensaje de Ciudadanos gana más adeptos en términos relativos en el grupo CiU/PP (cuyo trasvase es creciente y parece superar ya al de PSC/abstencionistas en 2017). Por otro lado, quiero comparar también los datos de los siguientes gráficos, que recogen ahora para las mismas categorías no el efecto del trasvase sobre el origen (es decir, el porcentaje que se sustrae) sino el efecto del trasvase sobre el destino (el porcentaje final que representa sobre el total del voto a Ciudadanos).

Como se aprecia, aunque hemos visto que la potencia del mensaje para el grupo CiU/PP es creciente, su importancia electoral es decreciente (una pauta que indica claramente que la estrategia para este caladero de votos ha sido efectiva y lo está agotando, tanto en el agregado como en el cinturón). En lo que respecta al caladero PSC/abstencionistas, la importancia real de estos trasvases puede abarcar entre un 16,8% y un 29,4% del total de voto que Ciudadanos ha acumulado desde 2010 en toda Cataluña, lo cual es mayor que la importancia media de la retención de votantes (25,4%) y del trasvase CiU/PP (24,9%). En el caso del cinturón, se ve un diferencial muy claro: la importancia real de estos trasvases puede abarcar entre un 28,9% y un 38,46% del total de voto que Ciudadanos ha acumulado desde 2010, lo cual es mucho mayor que la importancia media de la retención de votantes (22,6%) y del trasvase CiU/PP (20,11%).

En definitiva: a) hay un diferencial empírico que demuestra que el mensaje de Ciudadanos tiene mayor efecto sobre el grupo PSC/abstencionistas en el cinturón que en el agregado (la explicación puede ser la teoría del voto de doble clivaje clase/étnico, aunque como se verá más adelante esto no está tan claro); b) el caladero de votantes CiU/PP es explotado de forma creciente y apunta al agotamiento; y c) el caladero de votantes PSC/abstencionistas es el más importante, siéndolo aún más en el caso del cinturón, pero detectándose una posible tendencia a la baja en la potencia de este trasvase.

Por lo que respecta al otro gran vencedor, ERC, hay quien ha llegado a decir que estas elecciones han marcado un vuelco decisivo a favor del llamado «efecto Rufián», salvando el independentismo con su ascenso en el cinturón la decaída generalizada. Estaríamos, por tanto, ante una perspectiva completamente opuesta a la de la teoría de clase/étnica: una integración del votante charnego en el bloque nacionalista. No es posible hacer el mismo tipo de análisis que con el caso de Ciudadanos al viciarse los datos por su presencia en la coalición electoral Junts pel Sí en 2015, pero sí que podemos extraer algunos datos interesantes de los trasvases de 2012 y 2017 que apoyan esta teoría: que el partido al que más votos sustrae ERC es del caladero PSC/ICV/Comuns (que en el caso agregado va a la baja, de un 26,5% a un 14,8%; y que en el caso del cinturón se mantiene, pasando de un 20,3% a un 19,6%) y que hay una gran diferencia entre la sustracción de abstencionistas agregada (de 5,8% a 7,6%) y muestral (29,13% y 22,2%). Es, sobre todo, este último dato el que más socava la teoría del abstencionista charnego que se refleja en Ciudadanos, pues relativiza mucho su importancia y apunta más a la caída de la abstención a causa no de un alineamiento de ciertos grupos marcados por clivajes duales con un partido particular, sino de una percepción ciudadana de la importancia de estas elecciones que ha hecho que colectivos tradicionalmente abstencionistas se hayan movilizado en clave plebiscitaria, tendiendo por ello principalmente hacia opciones muy polarizadas en torno a la cuestión soberanista (de ahí la concentración del abstencionista en Ciudadanos y ERC). Esta explicación, a mi juicio, puede tener por tanto más valor causal que la del voto de clivaje doble clase/étnico.

Sin embargo, y retomando la cuestión de la polarización que se ha motivado en estas elecciones, relativizar la hipótesis del resurgimiento setentero del españolismo industrial no quiere decir que el proyecto integrador catalanista salga mejor parado. A este respecto, creo que se puede ver más claramente la cuestión si agregamos los datos del cinturón por bloques (hay cuestiones discutibles, como la ubicación de ICV fuera de ambos, pero creo que facilita comprender la evolución).

Como se puede apreciar, entre las últimas dos convocatorias electorales se ha dado, efectivamente, un ascenso del voto a partidos independentistas en el cinturón (gracias a ello es cierto que han salvado los muebles). Pero el ascenso del voto a partidos constitucionalistas en el mismo período es mucho más pronunciado y, de todos modos, una perspectiva temporal más longeva demuestra que el factor de multiplicación 2010-2017 del bloque independentista es negativo (0,91); lo cual viene a demostrar que la capitalización del proceso independentista desde sus comienzos ha sido netamente negativa en el cinturón, desmintiéndose que el cinturón esté decantándose del lado soberanista como algunos han querido hacer entender.

Sin embargo, y conectando con esto último, sí que creo que hay que reconocer un logro importante del independentismo en el cinturón: esa polarización que es tan mala noticia para todo proyecto integrador. Y es que, en cierto sentido, Ciudadanos y las fuerzas independentistas son aliados contra el proyecto catalanista moderado en la medida en que se nutren de la disgregación hacia los extremos (que hemos resaltado como la explicación más plausible de la evolución de los resultados en el cinturón). Si tomamos como medida de la polarización la caída del voto a ICV/Comuns (medida inversa de la concentración del voto hacia los bloques), el índice de polarización desde las primeras elecciones en clave soberanista (2012) es mayor en el cinturón que en el conjunto de Cataluña (una caída de un 3,15% en el cinturón frente a una caída general de un 2,44%). Si se incluye la suma del PSC en esta ratio informal, el resultado es similar (5,24% frente a 2,99%). Por tanto, aunque suene extraño, la victoria de Ciudadanos en el tradicional cinturón rojo es una victoria también para el independentismo: la victoria del pujolismo, que no es otra que neutralizar el proyecto de Maragall y acomodarse en la dialéctica de los frentes con un enemigo claramente retratado, lo cual es menos incómodo que enfrentarse a los esfuerzos de acercamiento de los Comuns y del PSC (de cuyos descensos en el cinturón proviene, como hemos visto, el ascenso de ERC).

Para terminar, me remito a lo primero que he dicho: hablar de giros estructurales livianamente es muy peligroso. El cinturón industrial está formado por grupos sociales que, en comparación con el resto de la población catalana, han creado identificaciones de partido a largo plazo que son inusualmente fuertes. Hay demasiados efectos coyunturales que han soplado a favor de Ciudadanos y ERC conjuntamente (efecto de competición, bandwagon y una percepción plebiscitaria que, irónicamente, parece haber sido más fuerte que en 2015) y que hacen peligrar la estabilidad de sus resultado frente a posibles recuperaciones de voto (Comuns y PSC para ERC; y PSC, PP e incluso PDeCAT para Ciuddanos); la batalla por el cinturón, por tanto, está lejos de cerrarse, y dependerá del sentido en que se resuelva la contraposición entre identificaciones tradicionales y nuevas afiliaciones que buscan estructuralizarse (en cuyo sentido serán especialmente importantes los resultados de las municipales de 2019).

Roni Kuppers

Roni Kuppers

(Barcelona, 1997) Estudiante de FPE y Derecho. Juzgad lo que digo teniendo presente que soy de izquierdas, decía mi profesor de Historia. Desbrocemos el ruido y analicemos con valentía.

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